(Liana Castello, argentina)
Fiorella no era una princesa como todas las demás. Si bien su figura era elegante y esbelta y su rostro muy bello, sus modales dejaban mucho que desear.
Sus padres le habían procurado la mejor educación pero, a pesar de ello, Fiorella parecía no haber aprendido mucho más que geografía o matemáticas.
La princesa era muy culta realmente, sabía idiomas, leía en forma clara, dominaba las ciencias, pero había algo en ella que no se condecía con su figura de princesa y eran sus modales.
Comía con la boca abierta, jamás decía «gracias» o «por favor», mucho menos se escuchaba un «permiso» o «disculpe». No se tapaba la boca al toser y tampoco cuando estornudaba. En definitiva, la princesa no tenía modales de princesa.
Sus padres estaban muy preocupados, pues ya no sabían qué hacer para que su hija aprendiese cómo debía comportarse. En realidad, sentían un poco de vergüenza por los modales de su hija.
—Si sigue así, jamás se casará —sollozaba la reina muy preocupada.
—¿En manos de quién dejaremos el reino el día de mañana? ¿Quién querrá casarse con una princesa que se limpia la nariz con la manga del vestido y escupe a más de un metro de distancia cuando come?
Fiorella no se preocupaba ni por cuidar sus formas, ni por su futuro matrimonio. Creía que era muy joven para casarse y que adquirir buenos modales no sería tan difícil, si algún día se tuviese ganas de hacerlo. Pero…
El rey enfermó gravemente. A pesar de todos los cuidados y las medicinas que recibía, empeoraba día a día. Fue así que la reina mandó llamar a su hija y le dijo:
—Hija querida, es necesario que contraigas matrimonio cuanto antes, el reino no puede quedar sin rey.
Decidieron que la princesa viajaría para estrechar vínculos con los diferentes reinos y ver si en alguno de ellos conocía algún príncipe del cual se enamorase.
—Esto no será tarea fácil, mi niña —dijo Ana, la dama de compañía.
—¿Por qué lo dices? No soy fea, visto muy bien y como si esto fuese poco, soy una princesa.
—Una princesa con modales un poco extraños, si me lo permite —replicó tímidamente Ana.
—Ahora va a resultar que para que alguien se enamore de mí debo comer con la boca cerrada, saludar a cada rato, taparme para estornudar. ¡Eso no es amor! —gritó la princesa–. Ya verás que tan equivocada estás. En cuanto vean que soy joven y bella, a nadie le importará si saludo o no —dijo Fiorella y dio por terminada la conversación.
El viaje comenzó.
Llegó el turno de visitar el primer reino. Al llegar al palacio, entró sin siquiera decir buen día. No dio las gracias cuando le abrieron la puerta y mucho menos pidió permiso al entrar en el gran salón real. Tanto el rey como su hijo se molestaron y sorprendieron por la actitud tan poco educada de Fiorella. La vieron bella y culta, pero no les pareció suficiente.
Al visitar el segundo reino, le esperaba la familia real para cenar. Todo estaba dispuesto, velas, los mejores manteles y copas de metal plateado.
La cena fue un desastre. Los reyes y los príncipes quedaron estupefactos al ver cómo comía la princesa. Arrancó la pata de pollo con la mano y siguió comiendo sin cerrar la boca, todo esto al tiempo que escupía mientras hablaba.
—¡Qué lástima! —comentaron los reyes— una princesa tan bella y con esos modales, no será digna de ningún trono.
El viaje fue un fracaso. En todos los reinos visitados pasó lo mismo. La princesa debía emprender el regreso con las manos vacías.
Continuará…
