Don Carlos Antonio López y su paso a la eternidad

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Mucho antes de su desaparición física, don Carlos Antonio López ya había pasado a la eternidad por todo lo que ha significado su gobierno y sus acciones con sus luces y sus sombras.

Recordando con estos pensamientos sus acciones, algunas sumamente importantes y que tendrían relevancia posterior, aparte de su intención por convertir el Paraguay en un país que trascendiera, existen gestos que marcan grandeza.

Pero el destino habría de marcar su propia jugada. El país que él había soñado corría grave peligro ante las amenazas del Brasil y la Argentina. "En su lecho de muerte, dio a su hijo Francisco Solano, designado vicepresidente por pliego testamentario conforme a las normas constitucionales, el siguiente consejo: Hay muchas cuestiones pendientes a ventilarse, pero no trate de resolverlas con la espada, sino con la pluma, principalmente con el Brasil. Expiró el 10 de setiembre de 1862, dejando al país floreciente, con un poderoso ejército, graves problemas internacionales y un nuevo gobernante ávido de glorias y prestigios para su patria y su persona" (Cardozo, E: La Guerra Contra la Triple Alianza citando a Fidel Maíz).

Don Carlos falleció en las primeras horas del 10 de setiembre de 1862, fue asistido por el padre Maíz, de quien recibió los auxilios sacramentales. Luego de haberse realizado las ceremonias litúrgicas previas, su cuerpo fue colocado en un ataúd que fue llevado a la Catedral acompañado de una gran multitud y sus parientes, esposa e hijos.

Luego, por expresa voluntad fue enterrado en la iglesia que él mismo había mandado construir, la Santísima Trinidad, adonde llegó en el tren que también había legado al pueblo como un medio moderno de comunicación. Había muerto el hombre y nacía el mito. El Paraguay que había ayudado a construir, muy pronto habría de sufrir las pruebas más duras que se le pueden deparar a una nación.

Al Exmo. Señor Don Carlos Antonio López

En ocasión del decreto del 1.º de agosto sobre libertad de Imprenta

Sacude su letargo, musa mía,

No ensordezcas al grito del contento,

Y en dulce y jubilosa melodía,

Alza de gloria el triunfador acento…

¡Canta del libre la inmortal poesía!

Paraguayos, venid, cercad al hombre,

Que os indica el sendero de la gloria;

Cante la fama su preclaro nombre,

Y en letras de marfil grave la historia

Una página insigne a su memoria.

Tejed coronas para orlar su frente,

¡López! repita sonoro el viento,

¡López! aclama la entusiasta gente,

Pues con mano juiciosa y prepotente,

Las cadenas rompieron del pensamiento.

Ya el pensamiento es libre, ¡ciudadanos!

No abuséis de esta dulce independencia,

Que no hay pasiones donde no hay tiranos,

Ni quien sondar pretendan los arcanos

Del Santo tribunal de la conciencia.

Contemple la nación el bien que alcanza,

Que el sol de libertad mostró sus rayos.

La ilustración con ellos se afianza.

¡Alimenten los pechos paraguayos,

El fuego bienhechor de la esperanza!

Sacude tu letargo, musa mía,

No ensordezcas el grito de contento,

Y es dulce y jubilosa melodía,

Alza de gloria el triunfador acento…

¡Canta del libre la inmortal poesía!

Ildefonso Antonio Bermejo

Eco del Paraguay, Año I, Nº 17

Jueves 9 de agosto de 1855