Don Genaro debía tener unos 70 años. Todos los días salía a caminar a las 5 a.m. Hacía lo mismo los domingos. Pero ese día, al volver, sacaba la manguera y lavaba su coche.
Durante la semana, antes de salir, revisaba el aceite, el líquido de freno y cargaba agua al radiador. Después, probaba si funcionaban bien las luces del señalero y freno. Hacía casi lo mismo todos los días. Era sano y alegre. Vivía solo, porque era viudo. Los hijos y nietos lo visitaban los fines de semana. Lo pasaban muy bien.
Al lado de su casa vivía la familia González, un matrimonio joven. Tenían un hijo, de unos siete años, que se llamaba Pedrito.
Estando en la mesa, comentó el señor González:
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—¿Vieron qué maravilla la disciplina de don Genaro?
—¿Qué es eso? —preguntó Pedrito.
—La disciplina es una costumbre muy sana. Es hacer lo que se debe hacer, en el momento en que se debe, nos guste o no.
—Pero eso debe ser muy aburrido —opinó Pedrito.
—Al principio, puede parecer así. Pero cuando ya se hace costumbre, facilita mucho las cosas —le explicó su papá.
—Pero ¿para qué sirve estar obligándose a hacer algo, si uno no quiere hacerlo? —replicó Pedrito.
El papá se dio cuenta de que debía explicar el tema más a fondo. Buscó un ejemplo.
—¿Viste a los atletas de las Olimpiadas?
—Sí —respondió Pedrito—. Pero ¿eso qué tiene que ver con don Genaro?
—Mucho —le dijo el papá—. No creas que los ganadores de las Olimpiadas nacieron saltando alto, veloces o forzudos.
—¿No?
—No, Pedrito. Consiguieron esa agilidad, velocidad, fuerza y destreza para ser los mejores en su especialidad, a fuerza de entrenamiento. Repitiendo todos los días, durante años, los mismos ejercicios.
—¡Ah!, don Genaro, ¿es un campeón olímpico?
—Bueno, es un campeón de la vida. Quiero decir —añadió— que, como en cualquier deporte, también necesitamos entrenamiento, disciplina para movernos en la vida. Y así llegar a viejos, como don Genaro, siendo personas sanas, alegres, trabajadoras y positivas.
—Cuando se tiene disciplina —intervino la mamá— no se pierde el tiempo pensando en cada momento. «¿Qué tengo que hacer ahora?». Se hace automáticamente, porque ya existe la costumbre de hacer ahora esto, después lo otro. Y uno nunca se aburre, porque casi todo lo que se va a hacer ya está planeado de antemano.
—Y es mucho más lindo vivir con una persona así, porque sabe llevar mejor las adversidades, no se queja en balde y pocas veces está de mal humor— terminó de decir el papá.
Pedrito entendió la explicación de sus padres. Pero le quedaron ganas de visitar la casa de don Genaro. ¡Se la imaginaba repleta de copas y medallas olímpicas!
Sobre el libro
Autor: Raúl Silva Alonso
Título: Don Genaro, un campeón
Editorial: El Lector
