Los vecinos concurrieron donde el joven para cerciorarse de la belleza de aquel; y, en efecto, era el corazón más perfecto, era plenamente sano; no tenía heridas ni cicatrices, siquiera una marca. Todo el pueblo estaba convencido de que aquel era el corazón más hermoso.
Un día, llegó un anciano que decía tener el corazón más hermoso que el del muchacho; al mostrarlo, se vio un corazón lleno de cicatrices y heridas; incluso le faltaban partes, de las cuales algunas estaban rellenadas por trozos de otros corazones que no coincidían perfectamente.
Al verlo, el joven no entendió la belleza de aquel corazón comparado al suyo.
El anciano explicó: “Cada trozo que falta es una persona a la que amé; cada herida corresponde a una persona que sigo amando; cada cicatriz es la marca que dejó una persona a la que amé, y los pedazos de otros corazones me los han dado, para reparar mis heridas, personas que me aman. Por eso digo que este corazón es más hermoso que el corazón joven y perfecto, porque ha padecido, pero también se ha regocijado de felicidad; ha conocido el llanto, pero también la alegría”.
El muchacho miró su corazón, le arrancó un trozo y se lo dio al anciano para que llenara uno de los tantos huecos del viejo corazón; el anciano, a su vez, tomó un trozo del suyo y se lo dio al joven, quien lo colocó en el espacio que había quedado vacío; aunque no coincidía bien, su corazón se vio mucho más hermoso que antes.
“Si nos mantenemos lejos de las personas, nuestro corazón no entiende cómo compartir en la vida. Es mejor sufrir, llorar y reír antes que no conocer ningún sentimiento que nos haga saber el valor de la vida”
