¡El fabuloso mago Kedramán! (2)

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¿Logrará el Fabuloso Mago Kedramán arreglar su varita? ¿Llegará a tiempo a la función del Circo de los hermanos Tortorella? ¿Quieres averiguarlo?

El árbol de las varitas mágicas (Continuación)

—Ajajajá —murmuró el varitero, rascándose la barba, la nariz, la frente, la nuca y la oreja—. Córtela en cuatro...

—¡No!

—¡Sí!

—¡No!

—¡En cuatro! ¡Y pruébela!

Refunfuñando, el fabuloso mago Kedramán cortó la varita en cuatro partes y la probó:

Le pidió un astrónomo. Aparecieron un as, un astro, un trono y una botella de ron.

Le pidió una comarca. Aparecieron una coma, un mar, una marca y un arca.

—Ajajajajajá —murmuró el varitero, rascándose la barba, la nariz, la frente, la nuca, la oreja y el cuello—. Ahora córtela en cinco...

—¡Bastaa! —gritó enojado el fabuloso mago Kedramán—. No pienso cortar más la varita.

¡Me cansé! —el varitero lo miró asustado—. ¿Sabe qué voy a hacer? Le voy a pedir a la varita que se arregle ella misma.

Kedramán tomó las cuatro partes de la varita y pronunció la palabra mágica: «Protomedicato... protomedicato...». Después pidió que la varita se arreglara sola.

Hubo como una pequeña explosión y una humareda. Kedramán y el varitero miraron asustados.

Cuando el humo desapareció, el fabuloso mago Kedramán y el varitero ya no estaban en la casa de este, sino en una montaña de Arabia.

Ante ellos había 500 árabes con turbante blanco y un árabe con turbante rojo. El árabe con turbante rojo miró al mago Kedramán, al varitero, y a los 500 árabes de turbante blanco y dijo: —Síganme...

Caminaron durante unos minutos hasta que llegaron a un bosque y se internaron en él. De pronto, el del turbante rojo se detuvo ante un gigantesco árbol y dijo: —Es este. Este es el árbol de las varitas mágicas. Hay que arrancar una rama, la más alta, y hacer con ella una varita. Enseguida, señalando a uno de los de turbante blanco, le ordenó:

—Sube tú, Abdulito.

Este obedece y le entrega la rama.

El árabe de turbante rojo hizo una reverencia y le alcanzó la varita al fabuloso mago Kedramán.

No bien Kedramán agarró la varita entre sus manos, volvió a formarse la humareda. Cuando el humo desapareció, los árabes ya no estaban, y el mago Kedramán y el varitero volvieron a aparecer en la casa del varitero.

—Probémosla —dijo ansioso el varitero.

—No, no hay tiempo —contestó nervioso Kedramán—. Me tengo que ir volando para el circo.

Entonces la varita tembló en las manos del mago e inmediatamente apareció una alfombra mágica.

—¡Es un fenómeno! —exclamó el varitero—. ¡Qué bien la arreglé!

Kedramán se sentó en la alfombra y salió volando por la ventana. Pasó por encima de los edificios de la ciudad y llegó al circo justo cuando el príncipe Patagón lo estaba anunciando. Dio varias vueltas por encima del público y aterrizó en el centro de la pista.

El público gritaba: ¡Genio!

El único problema que tiene desde entonces el fabuloso mago Kedramán es que cada vez que le pide a la varita un pan francés, aparece un pan árabe y, si le pide una camilla, aparece un camello. Pero en todo lo demás, no falla nunca.

Fuente.

Ricardo Mariño. Cuentos del Circo. Ediciones Colihue. 1990