¿Existen los duendes?

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El rubio Jasy Jatere, el nunca visto Cuculelé, el horrible Pombero, entre muchos otros forman parte de los duendes o cocos que atemorizan a los chicos (y, a veces, también a los grandes) paraguayos. Pero… ¿existen realmente? Y si fuera así, ¿son todos malos? Tal vez podamos descubrir la respuesta en este cuento.

El duende alfarero (Maribel Barreto)

Nadie sabía cómo, pero la escuchamos, sí, sí, cada noche, una melodía como venida del cielo.

Pero si es una guarania, «Mi dicha lejana», sí, la misma. Otras veces los arpegios del «Guyra Campana», pero esta noche es «Canto de mi selva».

Tendremos un vecino exquisito, le gusta la buena música, calla, calla, así oiremos mejor.

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― Pero mamá, ¿dónde vive? En el rancho de al lado, no puede ser, no hay lugar ni para un arpa.

¿Qué será?

A la mañana siguiente abrimos la alfarería a la misma hora y se presentó una joven rubia, una gringa, que nos compró muchas vasijas, seis cántaros de varios tamaños, también dos cantimploras; llevó además un pesebre y se rió mucho cuando vio los muñecos alcancía, los barrigones de Olimpia y Cerro Porteño.

― Hijo, es una buena venta.

― Sí, pero llevó los cántaros que me gustaban, ese barrigón me hablaba.

― ¿Cómo que te hablaba?

― Sí, me decía que está el duende de la música.

A la noche siguiente esperamos en vano el concierto del vecino, nada, ni sones de polcas, ni melódicas guaranias. ¿Qué sucede? Se cansó seguro.

Apareció una tarde, lloviznaba, venía con un joven de tez oscura, sí, la rubia de ojos azules; bajaron apresuradamente y me dijo: Quiero más cántaros, es para mi amigo.

― No tenemos ahora, ha llovido mucho y la leña se mojó, no pudimos encender el horno para cocer la arcilla.

― ¡Oh! ¿Cuándo los tendrán?

― Estarán listos para el sábado.

― No te olvides de atrapar al duende de la música, me gustan las guaranias y las polcas.

― ¿Cómo?

Compre discos o…

― No, no es igual, los quiero con duendes adentro.

― ¿Cómo?

― Sí, como los otros.

― Mamá, ¿qué son los duendes?

― Son seres misteriosos, aparecen y desaparecen con frecuencia.

― Aquí en Areguá, ¿existen duendes?

― No lo sé, frecuentemente cuando cierro las puertas de la alfarería, me parecen ver seres pequeñitos, como mariposas que se posan sobre las tijanas.

― ¿Serán esos los músicos nocturnos?

― Quizá.

― Mamá, la gringa dice que los cambuchi tienen duendes. Yo los vi, mamá.

― Hijo, no digas tonterías.

― Mamá, yo los vi en varias ocasiones, me despiertan con el alba, cuando se van, yo creo que se esconden en el pirizal del lago, por eso no están durante el día. Son como el mainumby, son verdes, amarillos, hasta rojos, no los puedo atrapar, salen al amanecer. Sí, hacia allá van, bailan en cada flor de ceibo, se sumergen entre los pétalos de la campanilla, rodean el jazminero y se pierden en el naranjal.

Sobre el libro

Título: El Gigante del Cerro y otros cuentos

Editorial: Ediciones y Arte