El Uruguay había autorizado al distinguido intelectual oriental José Sienra Carranza a suscribir un tratado definitivo de paz con el Paraguay; su contraparte nacional fue el ministro de RR. EE., José del Rosario Miranda. Un día como hoy, pero de 1873, fue acreditado Sienra para dicha función.
Ya para diciembre del mismo año, el acuerdo estaba listo para ser firmado. En 43 artículos, las cuestiones entre ambos países quedaron solucionadas. Se denominó el documento «Tratado Miranda – Sienra Carranza de Paz, Amistad, Comercio y Navegación».
Pero el uruguayo no solo actuó en la diplomacia. Fue también observador agudo y crítico de las graves consecuencias que la guerra de los aliados trajo al Paraguay y su pueblo. Colaboró asiduamente con medios escritos paraguayos y un artículo suyo, Retrospecto del Paraguay, aparecido en la Revista Histórica de 1899 editada por Tomás Airaldi y Ricardo Odriosola en Asunción, ofrece un panorama sobre el decenio 1880–1890 y su casuística a la vista de la reciente guerra.
Igualmente, su poema Á una paraguaya, de 1872, publicado en la colección Parnaso Oriental. Antología de poetas uruguayos de 1905, en la página 104, describe de manera desgarradora, a través de sus cantos, al sufrimiento de la mujer paraguaya, el de todo un pueblo.
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Este mismo poema sirvió luego de inspiración al pintor uruguayo Juan Manuel Blanes, dentro de su estilo realista alegórico, para plasmar la devastación que causó la guerra que fuera traída al Paraguay por sus vecinos.
Fragmento de: Á una paraguaya (sic)
Imagen de tu patria desolada,
Ahí vas con paso tembloroso, incierto,
Resto de otra mujer, virgen violada,
Noble señora ayer, sierva hoy ajada,
Cargando en vano un corazón que ha muerto.
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Ahí vas llevando en tu mirada escrito
El poema infernal de tus dolores,
¡Guay! víctima expiatoria sin delito,
Ahogando acaso en la garganta el grito,
Que podrían turbar á tus señores.
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Vana reliquia de la lucha ruda
Salvada á los embates de la suerte,
Huérfana, madre solitaria, viuda,
Bien sé que tu alma permanece muda
Desde que en otro ser te hirió la muerte (…)
