La leyenda del urutaú

Prof. Angélica Saucedo

(Mauricio Cardozo Ocampo)

Fue la fiesta más hermosa que recuerda la historia de la raza…

Ya en el nuevo hogar, la vida transcurría armoniosamente; sin embargo, algo extraño comenzaba a inquietar a la bella mujer. Le llamaba la atención el hecho de que al despuntar el día su esposo emprendía el camino de su trabajo, regresando recién después de la entrada del sol. 

Esa costumbre, que era de todos los días, llegó a provocar la curiosidad tanto de ella como de su madre, quien la acosaba continuamente con preguntas. Un día, la flamante kuñakarai (esposa) interrogó a su esposo sobre la razón de su desaparición diurna.

El hombre le contestó que le contaría un secreto, toda vez que ella fuera fiel depositaria del mismo; de lo contrario, lo perdería para siempre. Cuál no sería el asombro y la alegría de la mujer al saber que su esposo era el Sol, señor de los cielos, convertido en ser humano y futuro padre de la criatura que ya sentía latir en sus entrañas.

Al día siguiente, durante su acostumbrada visita, la madre halló a su hija más alegre que nunca, sonriente y con la mirada fija hacia el sol. Nuevamente, la curiosidad hizo presa de ella, por lo que volvió a preguntar a la hija sobre la ausencia inexplicable del hombre.

La joven kuñakarai confíóle entonces su secreto.

Caía el atardecer y un temor iba inquietando el pecho de la enamorada mujer, consciente de que había violado la promesa hecha a su marido. Cuando cerrada la noche y aquel no regresaba al hogar como de costumbre, recordó sus palabras: «me perderás para siempre»,  y estalló en un incontenible llanto.

Su desesperación y arrepentimiento fueron tan grandes que, huyendo de la táva (pueblo), se internó en los bosques para esconder su dolor. Vagó por los montes, sola y sin consuelo, hasta el día en el que fue madre de un hermoso niño rubio, que aún ronda la selva guaraní y al que llaman Jasy Jatere.

El parecido del recién nacido con el padre era muy notable. La madre, en su deseo de comunicarse con kuarahy (Sol), su esposo, para que supiera la buena nueva y, a la vez, implorarle su perdón, se subió a un árbol, ensayó un movimiento y se sintió convertida en pájaro. En tal estado deseó llegar hasta el ser amado, pero, impotente, apenas pudo posarse en la copa más alta de otro árbol.

Allí se quedó extasiada con los ojos llenos de lágrimas, siempre fijos en su ya perdido amor, y al comprobar que no había sido perdonada rompió en quejumbroso lamento al esconderse el sol.

Dice la leyenda que al anochecer en los bosques paraguayos se escucha impresionante el lamento del urutaú, al que durante todo el día se lo ve posado en la alta copa de un árbol, con los ojos llenos de lágrimas, siempre fijos en el sol.

El autor

Mauricio Cardozo Ocampo es una figura clave de la cultura paraguaya. Nació en 1907, en Ybycuí, y falleció en Buenos Aires, en 1982. Poeta, músico y compositor. La leyenda que compartimos forma parte de su libro «Mundo folclórico paraguayo». Entre sus muchas obras se citan: «Amambay», «Añoranza», «Kuña Paraguái», «Corazón», «En una noche azul», «Estrellita» y «Galopera».
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