Había una vez una tetera muy respetada por todos. La trataban así porque daba consejos y cuando decía algo siempre sucedía. Vivía en el barrio de la mesa junto con su hija llamada Tacita. La señora Tetera siempre la aconsejaba a ella y a su amiga, Cucharita, para que no se acerquen tanto al borde de la mesa.
Un día, mientras Tacita y Cucharita estaban jugando, Tacita se acercó mucho al borde y, sin darse cuenta, resbaló y cayó al piso.
Tacita, asustada, gritaba porque se le acercaban todos los insectos y microbios; Cucharita pidió socorro a la señora Tetera, y esta se desesperó porque no podía bajar.
Todo ese escándalo llegó a oídos del doctor Manteca, quien rápidamente decidió ir para allá. Él ató una cuerda a su plato y bajó al suelo a rescatar a Tacita.
Luego le hicieron algunos exámenes y vieron que estaba fuera de peligro. Al día siguiente, Tacita se sintió mejor y prometió no ser tan desatenta al jugar en la mesa. Todo el barrio se enteró de esta historia y por eso decidieron ir a consultar con la señora Tetera cómo eliminar los microbios.
Lo que ella les dijo fue muy simple: solamente estar limpios y bien secos.
Todos hicieron lo que la señora Tetera les dijo y así ya no hubo ningún enfermo en el barrio de la mesa, y podían disfrutar siempre de estar bien sanos y fuertes para soportar cualquier tipo de café caliente.
Al día siguiente, unos turistas de villa Heladera fueron a conocer el barrio. Tacita, como era amistosa, decidió ir a mostrarles el lugar, y cuando dio la manija a los turistas sintió un frío que le hizo cosquillas, sonriente empezó a mostrar a los turistas el lugar.
De repente, Tacita se dio vuelta porque sentía algo mojado y vio que el señor Helado se estaba derritiendo.
Todos los miembros del barrio ayudaron a llevar al señor Helado al congelador y lograron mantenerlo frío. El señor Helado agradeció la ayuda y les dijo que cuando esté bien congelado y sin riesgo de derretirse iba a volver a visitarlos otro día.
Al día siguiente, apareció de sorpresa el señor Helado y su comitiva. La señora Tetera los invitó a merendar y ellos aceptaron.
Luego de la rica merienda, el señor Helado junto con los de villa Heladera volvieron a su casa; todo el lugar quedó muy sucio y desordenado, y el barrio completo se puso a limpiar.
La gruñona señorita Mermelada empezó a quejarse de los turistas porque eran muy desordenados. La señora Tetera le decía que no importaba —¡solo se limpia y ya!—. Pero Mermelada se seguía quejando, por eso la señora Tetera le explicó que lo importante era hacer buenos amigos en todos los lugares, y la señorita Mermelada entendió.
Cuando ya se fueron a su casa, Tacita y la señora Tetera se tiraron a la cama porque estaban muy cansadas. Tacita recordó todo lo sucedido y dijo: «Cuando sea grande, quiero ser como mi mamá, “La tetera respetada”».
Sobre el libro
Autora: Sofía Aranda Simbrón
Título: La tetera respetada
Editorial: El Lector
