Carpincheros
(Augusto Roa Bastos)
(Fragmento)
La primera noche que Margaret vio a los carpincheros fue la noche de San Juan.
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Por el río bajaban flotando llameantes islotes. Los tres habitantes de la casa blanca corrieron para contemplar el extraordinario espectáculo.
Las fogatas brotaban del agua misma. A través de ella aparecieron los carpincheros.
Parecían seres de cobre o de barro cocido, parecían figuras de humo que pasaban ingrávidas a flor de agua. Las chatas y negras embarcaciones hechas con la mitad de un tronco excavado apenas se veían. Era una flotilla entera.
Cada cachiveo (canoa) tenía los mismos tripulantes: dos hombres bogando con largas tacuaras, una mujer sentada en el plan, con la pequeña olla delante. A proa y a popa, los perros expectantes e inmóviles, tan inmóviles como la mujer que echaba humo del cigarro sin sacarlo en ningún momento de la boca. Todas parecían viejas, de tan arrugadas y flacas. Solo los hombres se erguían duros y fuertes. Eran los únicos que se movían. Producían la sensación de andar sobre el agua entre los islotes de fuego.
Sus cuerpos elásticos, sin más vestimenta que la baticola de trapo arrollada en torno de sus riñones sobre la que se hamacaba el machete desnudo, iban y venían alternadamente sobre los bordes del cachiveo para impulsarlo con los botadores.
Iban silenciosos. Parecían mudos, como si la voz formara apenas parte de su vida errabunda y montaraz. En algún momento levantaron sus caras, tal vez extrañados también de los tres seres de harina que desde lo alto de la barranca los miraban pasar. Alguno que otro perro ladró. Alguna que otra palabra gutural e incomprensible anduvo de uno a otro cachiveo.
Pronto los últimos carpincheros se esfumaron en el recodo del río. Habían aparecido y desaparecido como en una alucinación.
Margaret quedó fascinada. Su vocecita estaba ronca cuando preguntó:
—¿Son indios esos hombres, papá?
—No, Gretchen, son los vagabundos del río, los gitanos del agua —respondió el mecánico alemán.
—¿Y qué hacen?
—Cazan carpinchos.
—¿De dónde vienen?
—¡Oh, Püppchen, nunca se sabe!
—¿Hacia dónde van?
—No tienen rumbo fijo. Siguen el curso de los ríos. Nacen, viven y mueren en sus cachiveos.
—Y cuando mueren, Vati, ¿dónde les dan sepultura?
—En el agua, como a los marineros en alta mar —la voz de Eugen tembló un poco.
Continúa en la siguiente edición.
