Lorenzo Ponchito (3)

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Llegamos a la última parte de este relato que da vida a Lorenzo Ponchito, este héroe compatriota que nada tiene que envidiar a los legendarios personajes de otras latitudes.

Lo que no admite dudas es la historia de la vez que se enojó con un capataz.

Trabajaba como tropero en la estancia Purutué, que luego se llamó San Miguel.

Estaban arreando ganado, metiendo toros y vacas en un brete que desembocaba en un corral, para contar cuántos animales había en esa tropa y proceder luego a su marcación.

Se escapó del grupo un toro que fue a embestir a uno de los peones, derribándolo con caballo y todo.

Antes de lo que se tarda en contarlo, ya estaba ahí Lorenzo Ponchito que, con su caballo pecheó al toro que se preparaba para pisotear al peón caído.

Rodó el toro con la arremetida y, al instante, Ponchito ya lo inmovilizaba, asido de los cuernos y enrollando su lazo en las patas del animal.

Se levantó el peón agradeciendo a su salvador. Pero el caballo con el que cayó ya no pudo levantare por que se le rompieron las patas delanteras.

Apareció el capataz, echando la culpa a Ponchito por el accidente y retándolo de mala manera.

«Kamba tuja» —le dijo en guaraní—, mejor hubiera sido que vos te rompas las piernas y no el caballo.

Ponchito trató de explicarle, pero el otro no lo dejaba hablar, haciéndolo callar, insultándolo y amenazándolo con un arreador.

«Ekirirĩchéve, anirohovajoka arreador ývape»—le gritó el injusto y grosero capataz.

Lorenzo Ponchito había pasado muchas cosas duras en su vida. También había ayudado a mucha gente sin esperar agradecimiento.

Pero la injusticia, la arbitrariedad y la prepotencia no las soportaba.

Con el lazo enrollado se dirigió al capataz, y fijando la vista en un poste de urunde'y, «Emaña» —le dijo, y dio al palo un fuerte lazazo que penetró en el poste más de una pulgada, el ancho de dos dedos juntos.

El capataz quedó petrificado, pensando que aquel golpe de muerte podría haber sido para él, que es lo que le quiso dar a entender Ponchito.

—Nde suerte kora'e, ndeapelechado —le dijo al capataz—. Ro jasertarire… aichĩjáranga…

Que quiere decir algo así como «había sido que amaneciste con suerte, desdichado. Si esa te llegaba a acertar… pobrecito…»

Y sin esperar arreglo de cuentas ni cobrar nada se mandó mudar del establecimiento ganadero.

La injusticia sublevaba a Lorenzo Panchito.

Hasta ahora queda la marca de ese golpe de lazo en el poste de urunde’ y, que se conserva en la estancia San miguel. ¡Y han pasado casi cien años!

Si bien no se sabe con certeza su lugar de nacimiento, sí es seguro que ya muy, muy viejito se apagó como una vela en «Lucero», retiro de una estancia llamada entonces Bedoyakue.

Pero aún mucho tiempo después de eso, campesinos de distintos lugares del país, aseguraban haberlo visto en uno u otro lugar, cabalgando al atardecer en dirección al sol poniente.

Sobre el libro

Título: Lorenzo Ponchito

Adaptación: Raúl Silva Alonso

Editorial: El Lector