Mirando jugar a un niño

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Jugaba el niño en el jardín de la casa con una copa de cristal que, en el límpido ambiente de la tarde, un rayo de sol tornasolaba como un prisma. Manteniéndola, no muy firme, en una mano, traía en la otra un junco con el que golpeaba acompasadamente en ella. Después de cada toque, inclinando la graciosa cabeza quedaba atento, mientras las ondas sonoras, como nacidas de un vibrante trino de pájaro, se desprendían del herido cristal y agonizaban suavemente en los aires.

¡Sabia, candorosa filosofía! –pensé-. Del fracaso cruel no recibe desaliento que dure, ni se obstina en volver al goce que perdió; sino que de las mismas condiciones que determinaron el fracaso, toma la ocasión de un nuevo juego, de una nueva idealidad, de nueva belleza…

¡Ah, si en el transcurso de la vida todos imitáramos al niño! ¡Si ante los límites que pone sucesivamente la fatalidad a nuestros propósitos, nuestras esperanzas y nuestros sueños, hiciéramos como él!...

No rompamos torpemente la copa contra las piedras del camino, solo porque haya dejado de sonar. Tal vez la flor reparadora existe. Tal vez está allí cerca…

José Enrique Rodó

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Uruguayo, 1872-1917