Augusto Roa Bastos
(Fragmento)
Pirulí recuerda sus aventuras. Analiza despectivamente cada una de ellas. Casi todas le parecen tontas, pueriles.
—Mita’í rembiapó, sudor de perro debarte... —piensa descontento.
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Una sola le produce cierta complacencia: la del kuriyú. Hacía de esto tres o cuatro meses.
Él fue quien buscando una vaca encontró la enorme víbora a orillas del bañado, sumida en el sopor de la digestión, después de haberse tragado un ternerito. Sabía que las boas en este estado son inofensivas. Pirulí pensó que no se le presentaría nunca otra oportunidad semejante y se animó. Se apeó del matungo y con el machete degolló a la víbora. Después convocó a consejo de guerra a los demás miembros de su pandilla, de la que era el jefe indiscutido, y les expuso su plan.
La kuriyú, que medía no menos de veinte varas, fue asegurada con lazos. Pirulí ató los extremos a la cincha del matungo y así arrastraron a la víbora muerta a lo largo de casi media legua hasta dejarla sobre las vías del ferrocarril, un terreno boscoso y en pendiente donde la locomotora no podría frenar de golpe. Pirulí había calculado todos los detalles.
La gran locomotora negra coronada de humo, siempre había constituido una tentación demasiado fuerte para Pirulí y los suyos. En ese gran monstruo de hierro, de fuego y de rumor viajaba el misterio, lo desconocido, lo prohibido, lo que ellos nunca conocerían. En las ventanillas con luz veían caras humanas; las veían reírse y moverse felices, como si se burlaran de ellos que solo tenían su selva, su estero, sus sabandijas, su desarrapada y miserable libertad en la que estaban cautivos.
Esta vez les tocaba a ellos; se vengarían del monstruo de hierro al que habían puesto en su camino un monstruo de carne y de sangre. Se escondieron en la maleza para ver la lucha. Y lo que vieron no defraudó sus esperanzas.
Cuando el tren arrolló a la kuriyú, la rolliza cola escamosa y anillada se levantó como disparada por un resorte y chicoteó en los costados de los vagones proyectando chorros oscuros y hediondos a través de las ventanillas iluminadas. El terror agarrotó en la garganta de los pasajeros un solo y largo grito de angustia, de espanto, de muerte. No parecía un clamor humano, sino un chillido de bestias heridas. Pirulí y sus secuaces se estremecieron en sus escondrijos. Sus ojos brillaban como luciérnagas inmóviles y horrorizados entre la maciega. Vieron que muchos pasajeros se arrojaban por las ventanillas. Los más quedaron aplastados contra el suelo. Unos pocos huyeron despavoridos a campo traviesa, renqueando, chillando enronquecidamente sus pedidos de socorro. Uno se hincó al borde de la vía, entre los pedazos descuartizados de la víbora y empezó a rezar sollozando y golpeándose el pecho.
Pirulí y sus compinches no vieron más porque huyeron de allí como apereáes disparando del fuego. Todo el pueblo vino a ver el accidente. Ellos, no. Ya lo habían visto y estaban satisfechos.
Pirulí sonríe soñadoramente. Ojalá pudiera volver a hacer alguna vez algo parecido.
