Por el Día del Padre

Este artículo tiene 14 años de antigüedad

Estas dos poesías dicen mucho del amor paterno. Fueron escritas por Ramiro Domínguez, poeta paraguayo (Premio Nacional de Literatura 2009) que con un lenguaje sonoro y sencillo traduce sentimientos tan profundos el amor fraternal.

Testamento

Ya a tiempo
de torcer el camino, te propongo
–con el corazón en la mano–
un testamento, sin pliegos
ni testigos.

No tengo
–como sabrás– extensos beneficios.
Apenas la mesa basta y el pan honrado
que hemos compartido.

Solo te dejo mi nombre
como parcela abierta a remover
para los hijos de tus hijos.

Quiero abrirte de par en par
las ventanas a Dios.
Porque es ciega la noche
que se cierra a sus pasos
benditos.
Camina a su lado siempre.
Una y otra vez
vuelca los ojos al cielo. Cuando más oscuro
te sea todo, y sientas tu soledad
como castigo.

Si supieras qué dulce
y serena paz te desborda
cuando Él está contigo.

Te dejo como herencia
unos pocos amigos,
que son después de ti, lo mejor
que pude haber tenido.
No los cambies por nada.
Andando el tiempo
podrás añadir otros, apartando
la cizaña del trigo.

Atesora, entre tanto,
lo que los años te traigan
como bien más preciado.
En esto, da igual:
tus aciertos y errores
–lo bueno y lo malo–.

Mira siempre de frente
a los demás.
Y sé tú misma,
aunque por ello te pongan
a un lado.

A mí me tendrás muy cerca,
acaso mucho más cuando al fin
te haya dejado.

Muy luego
–como quien dice,
a la vuelta de la esquina–
nos volveremos a ver.
Y estaremos juntos
ya por toda la vida.

Caminos

Dame la mano,
mi niña. Que acompañe tus primeros pasos
hasta que yergas sola, y orientes por tu cuenta
tus jornadas de vida.
Mira
que hay ante ti portones
y salidas.

No te apresures a andar
por senderos ajenos. No te atosigues
buscando la pista.
En tu corazón anidan
la brújula y la estrella de marear.
Aprende a discernir
el amor ancho y abierto:
aquel que no se corrompe
porque está en buena vasija.

Desconfía
de quienes adelantan promesas
o te ofrecen atajos que alivien
tus fatigas.
Tú sola busca la plomada
que te ponga en tu quicio.
Y aspira
a medir tus afectos
por cuanto más te exijan.

Los caminos del alma tienen recodos
que engañan la vista.
Los caminos del mundo ponen sus celadas
en cada esquina.
Hay una seña segura
que despeje todos los enigmas.
Su secreto está en ti.
Tú lo tienes a mano:
es tu voz íntima.

No deseo ponerte al lado
mis pesados baúles de experiencia.
Quiero que te sientas libre.
Afirmando tú sola
la impronta de tus huellas.

Pero también sé cauta al escuchar
las fórmulas ajenas.
Caminemos, hasta ponerse el sol.
Tú buscando los frutos maduros.
Yo, adonde
reposar la cabeza.