Se lo llevaron las aguas
Renée Ferrer
Segunda parte (Fragmento)
Las aguas se enfurecen cada vez más, soltando una saña contenida. Se refugió bajo un karanda’y. No podía tenerse en pie. Se fue dejando caer con esa mansedumbre de bestia maltratada, agarrada al tronco espinoso y al silencio.
Se quedaría así hasta que pasara el mal tiempo; solo un ratito, Señor. Entonces llegaría al río, al bote, al rancho, antes del anochecer. Camila dejó sus gritos apretados en el fondo de ambas manos, como pedazos de voz que se guardan para cuando se acaban las fuerzas; y resistió. Solo un poquito más, Virgencita, solo un poquito más. Hasta que amainase la lluvia, y pudiera levantarse con aquella ropita apretada contra el pecho.
Entonces llegaría al río, al bote, al rancho quizás, antes del amanecer, Gabriel le limpiaría los rasguños con un trapo compasivo. Tendida en el catre, le empujaría hacia abajo el vientre lleno, para que naciera más pronto. Ella le alcanzaría, después, el hijo venido con la lluvia de modo que lo viese y se pusiera contento. Muy junto al tronco se quedó quieta.
Caía sobre el temporal la noche. A Gabriel el rancho se le fue yendo de a poco: primero los mazos de paja arrancados de cuajo, los adobes disueltos después. En puro esqueleto nomás se le quedó, incapaz de retener el viento. Cuando vio que era inútil soltó la vaca para que no se muriera. Sin que lo notara, anocheció.
A los tres días se desbordó el río, llevando en la corriente bultos de quién sabe dónde. Y de Camila, ni la sombra. Se le ensanchaba la culpa de tanto morder su ausencia. Aferrado al horcón, aguantó firme otro amanecer. Era inútil gritar. Mejor guardarse la energía para no morirse él también arrebatado por el torrente, antes de que Camila volviera.
Ella bajo el karanda’y. Órbitas ensombrecidas, labios blancos, el agua subiéndosele hasta los pechos.
Aguantó como pudo apretando el deseo de tener a su hombre al lado. A la fuerza de la correntada se mezclaron, de pronto, los empujones del hijo pugnando obstinadamente por salir. Hacía rato que sus bultos se habían ido sobre el lomo del río. Cuando el impulso irrefrenable de la vida por fin la desgarró, sintió el cuerpecito tibio de su hijo deslizándosele blandamente entre las piernas.
La vio llegar un día. La cara gris, el cuerpo flaco, los brazos sueltos de abandono; la pregunta atascada sin poder transponer la garganta, como si supiera desde ya la respuesta.
Camila soltó su desconsuelo sobre la chacra. Anduvo un trecho más y entonces se lo dijo sin llanto, desde el fondo, con un resto de voz: ―Se lo llevaron las aguas, Gabriel, mientras estaba naciendo.
Sobre el libro
Autora: Renée Ferrer
Edición: Iván González
Editorial: Arandurã
