A René Lagos, un ingeniero que está detrás de los cálculos de algunos de los edificios más altos, le encanta mirar cómo se mueven cuando tiembla. “¡Todo lo que tenía que caer ya ha caído!”, exclama. Por lo que cuando “viene un sismo fuerte, trato de disfrutarlo más que de sufrirlo”.
Aunque existen nuevas tecnologías para minimizar daños en infraestructuras, como los aisladores sísmicos y los disipadores de energía, la mayor parte de las construcciones son tradicionales. Es decir, de concreto armado y acero en cantidades reguladas para que resistan.
A ello se suman estudios de ingeniería exhaustivos, que incluyen la calidad del suelo. “El diseño de ingeniería está totalmente vinculado al diseño de la arquitectura”, dice Fernando Guarello, exdirector de la Asociación de Oficinas de Arquitectos.
En cierta manera, el terremoto de 2010 fue un campo de pruebas que no solo reforzó la legislación (el Código Civil chileno responsabiliza al empresario por deficiencias en la construcción), sino que contribuyó a mejorar la tecnología y elevar los estándares de seguridad.
Aunque la ley exige preservar vidas, hoy la gente no se conforma con eso. “Quiere que su bien y el contenido queden también operacionales”, dice Juan Carlos de la Llera, quien ha patentado algunas de las nuevas tecnologías para minimizar daños.
