Amores literarios

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El amor no solo se encuentra en una pareja, sino también en el aire, en las flores y en los libros. Como hoy se festeja una fecha especial, recordemos algunas de las historias de pasión, amor y entrega presentes en la literatura universal.

La más conocida e icónica es, indudablemente, aquella que escribió William Shakespeare: Romeo y Julieta. Esta popular obra del escritor inglés, recreada en Verona, Italia, narra el infortunio de dos jóvenes que tuvieron que sellar su amor con el beso de la muerte para traspasar la frontera del odio y acabar con la enemistad de años sostenida por sus familias. El sentimiento entre Romeo Montesco y Julieta Capuleto quizá sea el producto de dos almas gemelas despiertas que se reconocen, que se consumen en una misma llama de amor febril, adolescente y que, más allá del destino trágico, supieron obedecer las palabras del corazón. Es una lectura recomendada; en ella el lector se sumerge en una historia de pasión y locura, y encuentra en sus recovecos la motivación para seguir creyendo en el romance desaforado y juvenil. Todos los años, y más en esta fecha, millones de personas se acercan hasta una casa ubicada en Verona para jurar amor eterno a su pareja. Dicen que el edificio pertenecía –aunque no haya indicios– a los Capuleto, desde cuyo balcón Julieta solía conversar con Romeo, y eso hace que ese lugar sea la meca de los enamorados de todo el mundo.

De la pluma de Shakespeare, vayamos a la máquina de escribir de Gabriel García Márquez. Este escritor colombiano, premio nobel de literatura, que formó parte del boom latinoamericano junto con otros en la década del 60, es autor de la famosa novela El amor en los tiempos del cólera, cuyo inicio es sencillamente genial: “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”. La historia trata de la perseverancia y paciente espera de Florentino Ariza, un hombre de aspecto extraño, cuya vestimenta lo hacía parecer viejo a pesar de su juventud. Él se había enamorado a primera vista de Fermina Daza, una adolescente de “ojos almendrados” y tiernamente bella. El joven había jurado amor eterno a la muchacha con quien, en principio, intercambiaba cartas de declaraciones de amor. En cierto momento, cuando se encontraron cara a cara, Fermina decidió ponerle fin a la relación que se iba gestando, desilusionada al tener de frente a su pretendiente. Florentino, enamorado hasta los tuétanos, decidió esperarla de todas formas, confiado de que algún día cambiaría de opinión y caería rendida en sus brazos. El pobre hombre, ante la crisis del abandono y la tenue esperanza del regreso, comenzó a sufrir cuadros febriles, que en primera instancia estuvieron asociados al cólera que azotaba el valle, pero resultaron ser signos de enamoramiento (de ahí la referencia de que los síntomas del amor son similares a los de la enfermedad). Pasaron 53 años para que por fin Florentino pueda disfrutar de la compañía de su eterna amada, para quien conservó su corazón intacto, sin amar a nadie más que a ella, aunque sintió el calor corporal de centenares de damas a lo largo de su vida para hacer más llevadera su tan dilatada espera. El amor logró unir a ambos recién en la senilidad y pudo consumarse en un viaje en barco sin regreso, en el que izaron una bandera que anunciaba la presencia de cólera en el navío, para que nadie moleste a los enamorados en su ir y venir sin pausas por toda la vida.

Una tregua

La tregua, de Mario Benedetti, quizá no sea una historia llena de pasión y desenfreno como las anteriores, pero es la demostración de cómo el amor puede inyectar energía y color a la vida que va tornándose gris y aburrida. Escrita en forma de diario, es el relato de un funcionario viudo de 49 años a punto de alcanzar la jubilación, cuya rutina llena de tedio se diluye con la aparición sorpresiva de un romance. Martín Santomé, el protagonista y dueño del diario, narra un breve periodo de su vida en el que espera, rendido, su retiro de una empresa de repuestos en la que se desempeñaba como contador en el área de finanzas. Los días los pasaba en la oficina, en su casa y en un café. La relación que mantenía con sus hijos era difícil y ya no abrazaba ningún proyecto; se sentía frustrado. Pero, de repente, su corazón volvió a sentir esa sensación rara del enamoramiento cuando se fijó en Laura Avellaneda, una joven de 24 años que trabajaba en su misma oficina. Aunque la diferencia de edad era muy amplia, los dos forjaron una relación sin que los demás en la compañía se enteren y en la que se sentían felices. Un día, Avellaneda, como la llamaba el protagonista, enfermó de gripe. Tras varios días de ausencia, Santomé se enteró de que la joven murió debido a una complicación. El paisaje colorido comenzó a oscurecerse y a tornarse sombrío nuevamente para él. Su amor se le fue. La sonrisa en su rostro se desdibujó y entonces comprendió que esa breve pero intensa felicidad solo fue una tregua en su lucha diaria para sobrevivir a la monotonía de los días, al paso del tiempo y a la soledad sin reparo.

Texto  jose.riquelme@abc.com.py