Hace poco, en la ciudad de Posadas (Argentina), dos chicas de 14 y 16 años protagonizaron una gresca en plena avenida costanera, centro de las reuniones sociales. Mientras las dos señoritas se peleaban brutalmente, una tercera (15) filmó la pelea y luego la subió a YouTube. La jueza que tomó el caso determinó que las alumnas no usarán celular ni Internet por el plazo de un año. Ante esto, una de las afectadas llorando, expresó: “Prefiero 10 años de cárcel a que me quiten el celular. Ahí están todos mis amigos”. Para la Lic. Lovera la frase resume lo que para muchos chicos, carentes de atención, significa el celular. “La amistad meramente virtual no es sostenible, nadie puede tener 100 amigos como registran en el celular. Obviamente esta chica tenía ya algún problema interno. Muchos jóvenes, tímidos, utilizan el celular para contactar, pero esto no sustituye a la socialización. Una adolescente, en terapia, decía: “En el chat soy quien quiero ser, alta y bonita, a la que todos los varones le escriben”.
–¿Cuál es el peligro de este juego de personalidad?
–El problema es que no necesitan ser responsables por lo que dicen, “digo lo que quiero, como y cuando quiero”. Estamos creando y criando chicos que prefieren estar respaldados en este anonimato.
–¿La jueza fue exagerada tomando la determinación de suspender la tecnología de la vida diaria?
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–Ella aplicó una ley con el fin de darles una pena a las chicas y dejar sentado un antecedente para otros casos. Es algo nuevo, no así la falta de control por parte de los padres. Las afectadas deben tener paralelamente a la sanción el asesoramiento correcto para poder comprender qué pasó. En vez de sacar el celular, los padres deberíamos aprender a poner conciencia sobre el manejo responsable.
–Esta prohibición vendría a ser el equivalente antiguo de “no salís un paso”.
–Sí, nos prohibían ir a bailar o no había televisión por una semana. Hoy “darle donde más le duele” es quitarle el celular, ese aparato que es casi una parte de su esquema corporal. No “viven” sin él, no duermen sin él. De hecho está considerado ya una adicción.
–¿Cómo interpreta el acto de filmar la violencia?
–Antes las chicas teníamos otro perfil. Los jóvenes ya no sienten espanto por situaciones violentas; están con una sensibilidad más limitada; ver una pelea se ha vuelto un espectáculo para filmarlo. Las peleas eran cosa de varones, ahora es casi igual con las mujeres. Creo que esta situación de igualarnos con los hombres corre no solo en lo positivo (derechos), sino en lo negativo: “También tengo tu fuerza”, cayendo en situaciones absurdas en pos de los derechos.
–¿Por qué los padres tienen cada vez menos autoridad sobre los hijos?
–El problema es que los padres no estamos entrenados, capacitados para poder estar con nuestros hijos. Si yo le impongo un castigo, a la vez tengo que equilibrar haciéndole hacer otra cosa (por ejemplo, algún trabajo en la casa), que el joven no debe interpretar como parte del castigo, sino como un beneficio asociado a la situación de castigo. Otro punto, los padres necesitan posicionarse frente a los hijos: si tengo 40 años no tengo que usar la ropa de mi hija de 18. O el padre no debe querer tener más noviecitas que su hijo de 20 años. Aunque no lo creas, pasa mucho, cuando lo saludable en la familia son las asimetrías.
–Retomando la pregunta de nuestro tema central, ¿sacar el celular es bueno o malo?
–Si tenés un objetivo claro de porqué lo vas a hacer y por un tiempo razonable, entonces tiene cabida. Pero si lo hacés por un tiempo demasiado largo y el chico ya se las ingenió para conseguir otro, no tiene sentido.
–¿No resolveríamos todo conociendo a nuestros hijos?
–Y respetándolos. Muchas veces menospreciamos su mundo o le reprochamos “ya sos grande y podés entender”. Nosotros somos los adultos, los que tenemos que acercarnos a ellos, a su lenguaje, sus inquietudes. Si los papás y mamás nos tomáramos un tiempo para pertenecer al mundo adolescente, las cosas serían más fáciles. Los jovencitos están en la búsqueda de una identidad, no quieren ser diferentes a los demás. Había una propaganda de celular que decía: “Si no lo tenés, no existís”, es lo que ellos sienten y por eso necesitan la pertenencia al grupo. Cuando los padres no tienen ningún tipo de contacto o identificación con lo que sus hijos viven, pasan a segundo o tercer plano y todo lo que dicen es puesto en tela de juicio por el adolescente.
–¿Cómo equilibramos el uso de Internet en las tareas escolares?
–Primero eliminando eso de que a cada hijo se le compre una computadora. Esta tiene que ser compartida y estar en un lugar central de la casa, donde se pueda constatar qué hace. Hoy las actividades son múltiples: chateo, búsqueda de información, escuchar música, etc. Al final el trabajo del colegio se reduce a cortar y pegar. Por eso es necesario contar con docentes que dirijan el aprendizaje. La tecnología es buena, pero bajo control.
–En la escuela, el uso de celulares también es un drama para los docentes.
–Totalmente. El otro día en una reunión escolar a la que asistí, se pidió a los padres que a un viaje que se estaba planeando, los alumnos no llevaran celular. Y el escándalo lo armaron los padres, “¡necesito comunicarme con mi hijo!”. Hay una confusión con el tema de creer que se controla o se cuida al hijo mediante el celular o que dejándolo en una “lan party” nocturna, están seguros (Lan party: reunión donde cada uno lleva su computadora y comparten juegos e información) ¿quién dice que ahí no pasa nada? De las llamadas que hacen los chicos solo el 1% es a los padres: “vení buscame”. Muchas veces ni siquiera son los hijos los que reportan, sino los amigos.
–Estos hijos de la tecnología, la velocidad, la impaciencia, ¿serán mejores padres que nosotros el día de mañana?
–No se trata de satanizar a la juventud. Ellos nos llevan la ventaja de que crecieron en este desarrollo. Estuve leyendo en un informe hecho en Chile donde dice que los chicos de entre 8 y 17 años prefieren estos sitios sociales, pero los de 18 para arriba están demostrando una utilización más crítica, prudente y responsable de los elementos tecnológicos. Felizmente hay una esperanza de que ellos sean mejores padres que nosotros, a quienes el tema nos tomó por el camino.