El niño vestido de verde que se negaba a crecer fue, es y seguirá siendo parte importante de la infancia de las niñas de varias generaciones. Así también, una gran cantidad de mujeres deben lidiar con este tipo de "niño" en su madurez.
El denominado síndrome de Peter Pan es motivo de estudio de la psicología, que cataloga como "casi una enfermedad social", protagonizada por el que se niega a madurar y sufrida por la que tiene que aguantar; sea la madre o la pareja.
¿Peter Pan puede madurar?
En su libro Peter Pan puede crecer. El viaje del hombre hacia su madurez, el psicólogo y también escritor catalán Antonio Bolinches se refiere a este tipo de hombre como a "un subgrupo de los inmaduros, pues no todos los inmaduros son Peter Pan, pero sí todos estos son inmaduros". El material de lectura señala el gran cambio de rol de la mujer como factor desencadenante de hombres Peter Pan, en los últimos años. "Al hombre desorientado y a la mujer desilusionada, pues, cuanto más madura es esta, menos hombres adecuados para ella encuentra", explica Bolinches y afirma que: "El 99 por ciento de los hombres se da cuenta de que se tiene que poner las pilas y autocriticarse para mejorarse y madurar".
A evolución femenina, involución masculina
Contrario a lo que suele suceder con las mujeres, que maduran hacia los 25 años, los varones parecen negarse a crecer. Es resaltante la gran cantidad de hombres, de entre 30 y 50 años, que siguen el ritmo de vida de un joven y, sin importar la edad, se creen adolescentes. El problema no está en el sentimiento juvenil, sino en la imposibilidad total de resolver conflictos y asumir responsabilidades propias de una etapa productiva de la vida, totalmente incompatible con la adolescencia.
Un ejemplo bien ilustrativo y muy reciente, es el caso del rey del pop, Michael Jackson. La gran afición que tenía a los juguetes y a un mundo infantil eran síntomas visibles en él. Cabe mencionar que había construido un parque de diversiones privado, llamado Neverland (Tierra de Nunca Jamás) y que se rodeaba de niños. Además, dormía en una cámara de oxígeno y se bañaba con agua mineral para no envejecer.
¿Cómo identificarlo?
Recurrimos a la psicóloga María Teresa Galeano para que nos dé algunas pautas que nos ayuden a detectar al hombre Peter Pan. "El sujeto no advierte el paso de los años en sí mismo. En general, tiene crisis represivas, además de angustia y ansiedad. Existen situaciones que hacen que se sienta momentáneamente desprotegido, que le provoca un sentimiento de vacío. Tiene nostalgia de la etapa infantil, lo que afecta la autoestima".
A esta altura de la descripción, tal vez hayas identificado alguna de estas características en alguien que conozcas. Ante lo que surge el interrogante de si puede "crecer" quien se niega a dejar de ser niño: "Sí, si logra tomar conciencia de sus acciones. Hay que tener en cuenta el ambiente que le rodea, factor fundamental para abandonar la inmadurez. La mayoría de las veces, el que sufre de este síndrome no es capaz de reconocer que su actitud es infantil y el entorno no le ayuda a hacerlo", refiere la profesional en Psicología.
Síndrome de Wendy
Este síndrome cuenta con más varones en su fila, pero para nada es exclusividad masculina. Cuando las características arriba mencionadas responden a una mujer, se trata del síndrome de Wendy; Wendy Darling, otro personaje del cuento infantil. El niño vestido de verde la busca de su casa en Londres y la lleva, junto a sus hermanos, al país de Nunca Jamás, donde los niños nunca crecen. En este caso, se trata de una mujer que se niega a madurar.
Guía práctica para reconocer a tu Peter o a tu Wendy:
Si la persona no define las situaciones en su vida.
Nada le satisface.
Todo a su alrededor le parece mal y nada hace por solucionar.
Empieza trabajos que deja al instante.
Su búsqueda de satisfacción deviene en la ingesta desmedida de alcohol o en el consumo de drogas.
Busca echar la culpa de lo que le sucede a los demás.
"La perseverancia es un valor indispensable para saborear cualquier logro o meta propuesta."
La importancia del entorno
El entorno deberá promover, pero muchas veces obstaculiza. Los miembros de la sociedad moderna andan a una velocidad tan alta, que viven con la percepción de no tener tiempo para consolidar hábitos y rutinas determinadas. Esta situación se convierte en el motivo por el que una vida saludable se transforma en una utopía inalcanzable.
Una vida sana exige un buen descanso, una rutina de ejercicios y una vida sin cigarrillos ni alcohol en exceso, donde se ama plenamente y se come sano, además de medido. Somos protagonistas de una era alimentada por la inmediatez y el hedonismo, que fomenta una vida light, en la que los vínculos relacionales son livianos y distantes, lo que influye de alguna manera en la imposibilidad de llevar una vida sana.
"No tengo tiempo", "no me gusta ir al gimnasio ni caminar", "las verduras me caen mal", "no tengo quien me cocine y no tengo tiempo de hacerlo", son solo algunas de las gastadas frases que utilizamos como pretexto para dejarnos estar, cuando puede resultar más beneficioso ordenar el día hasta hallar el tiempo necesario para llevar una vida saludable.
Existen acciones y estrategias diseñadas para que cada persona logre los cambios necesarios o deseados, pero hace falta decidirse, tomar la iniciativa, empezar y ser perseverante. La perseverancia es un valor indispensable para saborear cualquier logro o meta propuesta. Si este factor no existiera, será difícil detenerse y desprenderse de lo tóxico. Como un ave migratoria pierde a su manada en un vuelo, el hombre perdió su norte al priorizar la satisfacción de sus supuestas necesidades por sobre su desarrollo existencial. Como implacable sombra, en ese sendero vacío, lo acompaña su conciencia que lo emplaza constantemente a volver a la meta deseada; a su tarea superadora y primera misión, que no es otra cosa que el reencuentro con su espíritu a través de un cuerpo sano.
Para lograr esto, es importante dejar las excusas a un lado para centrarse en la medida, en el corte y en la distancia. Cortar con todos los excesos de nuestra vida, medir mis emociones e impulsos y distanciarme de lo que por el momento no soy capaz de controlar. En esa impronta, se asumen e imponen tareas de cambio de roles y diseños basados en una vida sana como presente y ¿por qué no? como un legado para las nuevas generaciones.
Es necesario tomar decisiones serias, por lo cual uno debe estar abierto para poder confrontar con los semejantes, a fin de consensuar ideas de uso compartido. Con compañeros en un viaje común, se puede desechar aquello que nos alimenta la voracidad y la compulsividad.
*Psicóloga Clínica del Centro Terapeútico Máximo Ravenna.