"¡Boluda, mirá un poco lo que me escribió en el WhatsApp!", es lo que exclama una señora con unas cuantas décadas, minifalda y escote que no deja nada para la imaginación. Al parecer, muchos adultos padecen un síndrome raro: la "adultescencia", ya que empiezan a adoptar comportamientos que, generalmente, son más normales en los jóvenes.
Si bien se dice que uno nunca debe perder la esencia de la juventud –idea que no está errada–, pero llevarla al punto de la exageración raya, inclusive, lo grotesco. A veces, algunos llegan al grado de protagonizar escenas tan graciosas que encajarían tranquilamente en una de las comedias de Jack Black, que hacen que uno pueda desternillarse.
Las jergas comúnmente pronunciadas por los jóvenes ya forman parte del "rico vocabulario" de la típica "adultescente", pues al hablar con su amiga, fácilmente reemplazaría a la "comadre" por "olúa". Tampoco dudaría en alzar a todas las redes sociales las selfis que se tomó cuando estaba con sus amigas durante una salida nocturna.
Es más común el caso de los hombres que llegan al grado de retroceder su edad mental, hasta parecer un polluelo en la etapa de la punzada, que el de las mujeres que desean revivir los años de juventud con comportamientos de una quinceañera. Los varones también recurren al clásico uso del lenguaje adolescente, técnica que emplean para intentar "estar a la moda". Inclusive, renuevan sus gustos musicales y sustituyen su vestimenta.
Los psicólogos dicen que, con el transcurso del tiempo, numerosas personas llegan a cierta etapa en la que el miedo se apodera de ellas y se niegan a asumir que ya vivieron, quizá, la mayor parte de su vida. La reacción de muchos de los que pasan por este periodo es, justamente, la de mentalizarse que aún tienen mucho por hacer y recorrer, y no solo eso, sino gritarlo a los cuatro cabos del viento.
Ser jóvenes en espíritu no está nada mal, incluso, es loable ver a personas que con su actitud no reflejan su verdadera edad. Pero esto no quiere decir que se deba perder la compostura y parecer un chiflado de comedia.
Por Dayhana Agüero Brítez (18 años)
