El tatuaje es una modificación de la piel en la que se crea una figura que permanece casi de por vida. En la creencia de antes, solo los presos se tatuaban; sin embargo, hoy en día, dejó de ser visto como una práctica marginal, y es cada vez mayor la cantidad de personas que lo aceptan y lo tienen.
Si llevás un tatuaje que ya no querés más, existe la técnica de sacártelo con láser, un proceso complejo y costoso en el que solo absorbe, en el método convencional, los colores negros y azules; además, se necesitan seis u ocho sesiones como mínimo. Así que, antes de hacerlo, debés saber que la zona afectada casi nunca vuelve a ser la misma, porque podría quedar con manchas o cicatrices.
Por esa razón, los que se atreven a tener un tatuaje, pero no permanente, optan por los temporales basados en henna, una pasta de color rojizo. Los dibujos duran entre dos a cuatro semanas, porque solo tiñen las células muertas de la capa externa de la piel; cuando estas se renuevan en el proceso natural, la imagen llega a desaparecer por completo.
Los problemas asociados a los tatuajes son las alergias a algunos de los componentes de las tintas. Si el lugar al que decidís acudir para hacerte el tatuaje no cumple todas las medidas sanitarias, es posible contraer enfermedades como hepatitis o, incluso, sida. En el caso de padecer enfermedades crónica, debés preguntarle a tu médico si el tatuaje puede ocasionar consecuencias nocivas en tu organismo.
Así que, cuando quieras hacerte una “obra de arte en la piel”, debés recurrir a un profesional que cumpla con las medidas sanitarias. Nunca caigas en el famoso: “Menganito hace barato, andate si que con él”, pues te expondrías a muchas complicaciones. Que una diferencia de G. 150.000 no te deje un garabato, reacciones alérgicas o enfermedades.
Si no estás seguro de querer un tatuaje, simplemente no lo hagas; puede que sea solo algo pasajero. Pero cuando lo desees de verdad, asegurate de ir junto con un buen profesional.
Por Rocío Ríos (17 años)
