Por Analía Almada (18 años)
Cuando vemos una mujer de pelo claro, enseguida pensamos que es una “hueca”, boba y superficial; la situación genera muchas burlas, aun cuando sepamos que el color del cabello no afecta la capacidad intelectual. Los hombres no se quedan fuera de este prejuicio, ya que a ellos también se los tilda de tontos, solo que en menor escala.
Se cree que este mito surgió por la envidia de las morenas, porque las de cabellos de oro llaman poderosamente la atención de los hombres. Por eso existen chicas teñidas en colores vivos, para despertar ese interés y, más aún en un país como Paraguay, donde abundan las de pelo oscuro.
Pero la afición por ser rubio es muy antigua; ya los persas trenzaban hilos de oro en sus barbas para que estas fueran claras y, para algunos judíos, tener esta condición constituía una verdadera salvación. Otra teoría es que empezó en 1953, con la película Los caballeros las prefieren rubias, cuya protagonista era rubia, muy superficial y su mayor sueño era casarse con un hombre rico.
Algunos chistes referidos al caso dicen que, si querés hacer reír a una rubia el sábado, debés contarle un chiste el miércoles; o preguntan: “¿Por qué las rubias abren los envases de yogur cuando todavía están en el súper? Porque en la tapa dice: ‘Abrir aquí’”; “¿cuántas veces se ríe una rubia con un chiste? Tres: la primera cuando se lo cuentan, la segunda cuando se lo explican y la tercera cuando lo entiende”.
La cuestión del color de cabello no debería ser causa de prejuicio y mucho menos uno tan popular como este; la realidad es que en los lugares en los que abundan las morenas se envidia a las rubias y viceversa; deberíamos aprender a aceptarnos a nosotros mismos y a los demás, porque cada quien a su estilo tiene su encanto, y la apariencia no es parámetro de la inteligencia.