Por Sergio Armoa (19 años)
La definición clásica del socialismo es “sistema que propugna una organización económica de la sociedad sobre la base de la supresión de la propiedad individual y la colectivización de los medios de producción, y la desaparición de las clases sociales”. Sin embargo, con el paso del tiempo, han surgido diversas tendencias e interpretaciones del significado del socialismo, desde los que optan por los métodos democráticos, más pragmáticos, y los abiertamente revolucionarios.
Los socialistas democráticos o socialdemócratas, sobre todo en países de Europa y algunos en América, han logrado gran éxito en la aplicación de sus políticas, como el Estado de Bienestar (actualmente en crisis), en las naciones donde alcanzaron el poder. Mientras tanto, los revolucionarios no cosecharon más que desastres en todo el mundo, pese a lo cual siguen insistiendo en que su modelo es la “receta mágica” para todos los problemas de la humanidad.
Ya sea en la antigua Unión Soviética, antes en China Popular (que ahora es la segunda economía mundial, gracias al capitalismo), en Cuba, en Venezuela y en los países del llamado “eje bolivariano”, todos los intentos de los seguidores de esta ideología por crear sociedades donde prevalezcan la igualdad, la propiedad común y la justicia social fueron experimentos que terminaron en rotundos fracasos. Pero el socialismo no muere: existe aún más en la teoría que en la realidad.
Ni el capitalismo es el sistema perfecto, ni el socialismo es la solución. Esto es algo más que demostrado históricamente. ¿Cómo puede prevalecer un sistema que busca destruir las libertades fundamentales, reduciendo al hombre a mero peón en la superestructura del Estado? El socialismo atenta contra la naturaleza humana. Y sigue siendo utópico, a pesar del tiempo transcurrido.