Si bien con el actual papa la situación ha cambiado bastante, hay que admitir con dolor que la Iglesia ha sido una de las instituciones más intolerantes de la historia. Un ejemplo claro de eso es su actitud hacia los homosexuales. El hecho de que constantemente se niegue a aceptar la idea del matrimonio igualitario, porque supuestamente es un “atentado contra la creación”, desnuda un pensamiento sumamente retrógrado, dogmático y sin mucho sentido en estos días.
En las escuelas y colegios la intolerancia se manifiesta en forma de bullying. Un alumno, simplemente por ser el más callado y tímido, sufre todo tipo de abusos por parte de sus compañeros. La ignorancia y en algunos casos la envidia son las principales causas, sin embargo, lo más repudiable es el silencio de los profesores y directores, ya que con esa actitud ellos solo pasan a ser cómplices de los que molestan a la víctima.
Aunque las grandes guerras de las últimas décadas fueron, en el fondo, por cuestiones económicas, la intolerancia se refleja en el ámbito político. Lo que se busca con eso es que los pueblos de los países confrontados vean al otro como enemigo. De esa manera se logra algo que en los Estados Unidos se conoce como “jingoísmo”, que no es otra cosa que un patriotismo belicista, basado en el fanatismo y en la negación de toda oposición.
Nadie en este mundo tiene la verdad absoluta, por ende, ninguno de nosotros gozamos de la autoridad moral de poder juzgar a otra persona simplemente por tener una ideología política, una forma de vivir, una orientación sexual o una religión diferente a la nuestra. Todos tenemos derecho a ser felices, siempre y cuando no dañemos a nadie, esa es la premisa que los seres humanos deberíamos llevar bien alto si es que realmente queremos vivir en paz.
Por Rubén Montiel (19 años)