Esa hermosa alegría

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La Lic. Casco Bachem reflexiona sobre cómo fortalecer el espíritu y la alegría.

–Empezar por cambiar algunos prejuicios que culturalmente tenemos sobre la edad. En Occidente, el status de la vejez remite a un papel social pasivo, pero sin conciencia positiva de su utilidad en sí misma. Es característica de nuestra cultura la sensación de soledad e inutilidad de los adultos mayores. Vivimos en promedio unos 34 años más que nuestros tatarabuelos, es decir, que habría que crear espacios útiles y creativos porque es toda una vida de adultos la que viven nuestros padres y abuelos con toda su sabiduría y experiencia. En Oriente, la vejez está basada justamente en la presunción de sabiduría de una experiencia adquirida a través de su paso por todas las etapas de la vida humana.

–Pero el reloj continúa su curso.

–La vejez no depende de la edad cronológica, pero nuestra predisposición como sociedad es negarla porque es sinónimo de enfermedades, dolor, pérdidas de fuerzas, impotencia y fealdad. Pero es evidente que se trata de un estado espiritual y lo confirman “viejos” de 20 años y “jóvenes” de 90. Muchas personas de la tercera edad tienen la capacidad, fortaleza y vitalidad de un joven y muchos jóvenes aletargados y sin ánimo de proyectos y desafíos, son actores de escenarios cada vez más pobres de la sociedad. Para fortalecer el espíritu debemos volver a resignificar el valor de la edad y fomentar este respeto y admiración por los adultos mayores desde nuestros pequeños hijos, para que cuando ellos lleguen a ser abuelos, se sientan tan adorados como los suyos.

–¿Cuándo esta teoría de la juventud en el alma descoloca a la persona?

–Cuando aparece el deseo de competir, por ejemplo, entre madres e hijas. Si bien es cierto que aprender habilidades de camaradería y competencia para enfrentar la vida y porque no, practicarlo con la madre en su sana medida, es normal y necesario. Pero cuando se declara un juego de “apendejarse” como la hija, la madre, simplemente, desaparece. Ser conscientes de las propias carencias es cambiar esta obsesión por la eterna juventud. Es necesario resucitar a la mujer y madre que ilumina el camino de quien adolece por los sombríos cambios físicos y emocionales del paso a la adultez. Así se completa la misión del “ejemplo a seguir” para la siguiente generación de verdaderas madres.