Estoy de vacaciones

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La mayor parte de la población sale de vacaciones en la misma época del año, en la estación veraniega. Pero este tiempo, lejos de conectarnos con nuestros deseos y expectativas, muchas veces, nos somete a una serie de mandatos imperativos superyoicos de gozar de algo que generalmente nada tiene que ver con nuestro verdadero deseo.

“Tenés que conocer, tenés que divertirte, tenés que disfrutar, tenés que...” es una obligación que en la realidad no siempre se puede lograr, pues más tiene que ver con un imperativo de moda en ese momento que con lo que nosotros queremos. Esto puede ser: encontrarnos a nosotros mismos en el silencio de una noche, en un bello atardecer, en un olvido del ruidoso sonido de nuestra mente invadida por estímulos externos. Pero algunos optan por comprar paquetes de viajes comprimidos y recorrer una cantidad de países, ciudades y pueblitos en tiempo récord, conocer tal zoológico, museo y ruinas, visitar tal playa, broncearse, bucear, hacer parapente y ala delta en la montaña, ir a tal teatro y cine.

Por otro lado, si pretendemos utilizar el tiempo libre entre los quehaceres familiares, sobre todo si somos madres, podemos fatigarnos aún más en épocas de vacaciones, ya que a veces nos encontramos solas y sin apoyo “logístico” como niñeras o empleadas. Mientras hacemos malabarismos con las maletas familiares y la tortícolis que adquirimos de souvenir, viviendo de mudanza en mudanza, prescindimos de las comodidades del hogar. Nos estresamos y en otros casos nos enfermamos y si sucede que el clima no es el ideal dejamos cosas por hacer y conocer y nos angustiamos.

Hacia el disfrute

Todos queremos disfrutar de las vacaciones de la mejor manera posible, y soñamos preparándonos con gran entusiasmo siendo esta expectativa a veces, lo mejor de las vacaciones. Pero la energía y el cuerpo evidencian su desgaste natural y a veces ni siquiera estamos con la predisposición que queríamos. En toda esta maratón, nuestro tiempo subjetivo flota en el mar muerto de nuestros deseos verdaderos. Nos frustramos en vez de disfrutar de las vacaciones.

El desafío es adueñarnos de nuestro tiempo para transformarlo en un ocio creador que no dependa de calendarios estructurados y que permita el intercambio de experiencias y el disfrute de hacer lo que cada uno quiera. Como una forma de potenciar el desarrollo individual y social sin sentir angustia por no estar “haciendo algo” o al menos ese “algo” que creemos que debemos hacer para sentirnos parte de la sociedad que nos “acuna”. Así, por lo menos podremos vivir con autonomía nuestro tiempo libre, sin tantos extremos (matarse trabajando, ahorrar y sacrificarse para luego despilfarrar, hibernar o exacerbarse en vacaciones) ya que si vivimos en ese discurso extremista, seremos presa fácil del mercado voraz que despierta apetitos de reconocimiento. Ellos se nutren de la satisfacción de necesidades artificiales.

La ética del placer

Podemos construir con un registro genuino de lo que deseamos, una ética del placer, basada en la búsqueda de nuestra autonomía hacia un estilo de vida que propicie el bienestar a través de la libertad y la madurez de la elección de nuestras actividades. Esto implica el desprendimiento de los mandatos “superyoicos” (morales, culpabilizantes) de la cultura o sociedad de consumo, que podrían condenarnos a sentirnos ais-

lados o tristes por no poder acceder a lugares o mercancías por falta de tiempo, dinero, o ganas, si es que seguimos ignorando que esto es fruto de un estereotipo cultural. Pero el poder abandonar estos estereotipos culturales pueden guiarnos hacia el desarrollo de ciertas áreas de funcionamiento mental, como por ejemplo; conocer nuestras capacidades lúdicas, espirituales, intelectuales y creativas con nuestros hijos o pareja. Propiciar un desarrollo positivo y poder desalojar este superyó interactivo de cómo y dónde vacacionar, aunque más no sea hacer un camping en el patio de nuestra casa. Podemos empezar por recorrer nuestro propio país, investigando nuestras raíces, “narcisizándonos” como paraguayos, empezando por casa que tan bien nos vendría para por fin creer en lo hermoso que tenemos y somos.

Cultivar una ética del placer requiere utilizar una suerte de voluntad del bienestar, que elimina las exigencias del pensamiento hedonista. Esta tranquilidad reflexiva es producto de la autoconciencia, de la certeza de que se está dentro del dominio del propio ser y cuando estamos bajo el propio control. Experimentamos una genuina alegría, satisfacción y paz, correlato psicológico de las acciones motivadas por el propio interés.

* Psicóloga