Los intentos infructuosos

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La ingratitud es una característica muy paraguaya. Muchas son las figuras históricas relegadas al arcón de los recuerdos olvidados.

El amanecer del 15 de mayo fue un día radiante en el Paraguay. Fue una aurora diferente, única, un día diáfano amanecido en el propio sentir de los paraguayos. Pero para que el amanecer llegara, tuvo que transcurrir la noche, y en esa larga noche del olvido quedaron los nombres de mucha gente que soñaron con que algún día la claridad se enseñoraría en el corazón de los paraguayos.   

Los próceres olvidados

En nuestros años escolares nos contaban que la independencia nacional fue hecha por un puñado de gente, relegando a planos imperceptibles a otros protagonistas de aquella gesta, que en realidad no fueron pocos.   
  
El historiador Benigno Riquelme, en una monografía editada hace cinco décadas, publicó los nombres de cerca de 500 protagonistas de aquellas jornadas. Nombres que merecen estar en algún monumento que rememore su participación en la independencia, pero como los paraguayos somos tan ingratos, seguro que seguirán durmiendo el sueño de los justos, sin que se nos mueva una pestaña para reparar tamaña injusticia.   
  
Por lo menos para que sacudamos 200 años de olvido, hoy recordaremos a algunos de aquellos ilusos que arriesgaron sus vidas y hacienda por darnos una patria independiente.   

Los púlpitos rebeldes

Unos meses antes de que tuviera lugar la gesta de mayo de 1811, las autoridades coloniales descubrieron y desbarataron varios intentos revolucionarios contra el régimen español. Estos intentos tuvieron lugar en varias ciudades del país, una de ellas, Concepción, a unos 300 kilómetros al norte de la capital provincial. Desde siempre, esta villa fue seno y cuna de ideas libertarias. Sus habitantes siempre tuvieron una actitud de rebeldía ante los opresores, sean estos un Stroessner, un Morínigo, un López o un régimen colonial español.

Cualquier escenario era válido para inculcar los ideales de libertad y de soberanía popular en la ciudadanía. Así lo demostraron varios religiosos, que desde el púlpito pregonaban la caducidad de un régimen arcaico, expoliador y opresor, cuyos nombres –nos impone la historia– debemos venerar y rescatar del olvido.

En efecto, en setiembre de 1810 se descubrió una conspiración que involucró a numerosos paraguayos y extranjeros que, a raíz de ellos, fueron a parar con su huesos en las mazmorras del régimen colonial o confinados en lejanos presidios, como los recluidos en Fuerte Borbón.

Uno de los principales promotores del derrocamiento del poder español era, justamente, un español llamado José de María, precursor de la independencia nacional, casado con una cuñada del general San Martín, María Eugenia de Escalada. Se dedicó al comercio y fue uno de los difusores del pensamiento libertador en el Paraguay, luego de la gesta de mayo de 1810 en Buenos Aires. Fue uno de los activos participantes de las conspiraciones que tuvieron lugar en Concepción, por lo que fue apresado y remitido a Asunción. Producido el golpe del 14 y 15 de mayo de 1811, fue liberado y fue el portavoz que comunicó dicho acontecimiento en la villa norteña. Regresó a Buenos Aires, donde falleció el 8 de diciembre de 1827.

Paralelamente, en Asunción trabajaba intensamente preparando el terreno el propio secretario del gobierno, el doctor Pedro Somellera, quien seguía instrucciones del patriota argentino Juan José Castelli.

En Concepción, acompañando los trabajos de De María, desde el púlpito realizaron una importante tarea de concientización algunos miembros del clero. Entre estos, se destacan los nombres del presbítero José Fermín Sarmiento, nacido en Salta y formado en el Seminario de San Carlos de Asunción. Fue uno de los fervientes precursores de la independencia paraguaya. Cura párroco de Villa Concepción, fue conspicuo participante –y anfitrión– de las conspiraciones realizadas en la villa norteña contra el régimen español y pregonó la idea de la libertad valiéndose de su prédica en los púlpitos, condenando la ignorancia que sepultaba al pueblo y causada por el poder despótico español, conminando al pueblo a luchar contra la tiranía. Por esas razones, fue destituido del curato de la villa. Sus ideas porteñistas hicieron que fuera desterrado del Paraguay en 1812.

Otro sacerdote precursor de la independencia nacional fue el húngaro Nicolás Ibarbalz. Fue un activo militante antiespañol en las conspiraciones realizadas en Villa Concepción y fue, con el padre Sarmiento, un activo participante de las reuniones realizadas. Su inclinación hacia el porteñismo produjo su expulsión del país en 1812, por orden de la Junta Superior Gubernativa.

Otro religioso que acompañó las conspiraciones contra los españoles fue franciscano Francisco Baca, y no olvidemos el trascendental papel desempeñado por otro sacerdote, José Agustín Molas, oriundo de Santa María, Misiones, cura párroco de su pueblo natal, luego capellán castrense. Tuvo destacada actuación en los combates previos a la independencia (Paraguarí y Tacuary), prestando auxilio espiritual a los heridos de ambos bandos. Participó de las conferencias entre los jefes paraguayos y porteños. Después de la capitulación del Gral. Belgrano (9 de marzo de 1811), Molas tuvo una entrevista con el jefe porteño, ocasión en que discutieron sobre las propuestas que traía. Unos meses después, tuvo activa participación en las gestas de mayo 1811.

Nombres a recordar

Además de estos religiosos, algunos nombre dignos de ser recordados como precursores de la independencia paraguaya son los de José Antonio Zelada, o José María Aguirre, nacido en Buenos Aires y asiduo visitante de Asunción y otras ciudades por cuestiones comerciales; Santiago Aráoz, santafesino; Gabriel Benítez y el abogado Manuel José Báez, concepcionero y egresado de la Universidad de Córdoba que se destacó como propiciador de la anexión del Paraguay a Buenos Aires, por lo que fue expulsado del país en mayo de 1812.

El complot descubierto en Villa Concepción también tenía sus tentáculos que involucraron a importantes figuras de la capital provincial, como el regidor del Cabildo asunceño Dionisio Cañiza, también anexionista a Buenos Aires; o don Narciso de Echagüe y Maciel, santafesino radicado en Asunción que con su esposa, la villarriqueña Petrona Domecq y Robledo, fueron suegros del prócer Vicente Ignacio Iturbe, casado con su hija María Luisa Bernarda de Echagüe y Domecq.

Don Narciso de Echagüe y Maciel participó de las actividades conspiraticias contra el poder español realizadas en Buenos Aires en 1809. Posteriormente, también fue un relevante participante de la conspiración descubierta en setiembre de 1810, por lo que fue detenido y enviado preso a Fuerte Borbón. Liberado después de la revolución de la independencia, años después, en 1821, fue detenido por orden del dictador Francia y fusilado el 22 de diciembre de 1836.

También fueron protagonistas de la conspiración de setiembre de 1810 el mendocino Gregorio Tadeo de la Cerda y los españoles Julián y Juan Manuel de la Villa, además del médico español Juan de Lorenzo y Gaona, antiguo funcionario del gobernador Joaquín Alós y Brú. Poco después actuó en las luchas por la independencia como médico militar durante las batallas de Paraguarí y Tacuary. Fue médico del dictador Francia, pero en 1821 fue encarcelado junto con 300 españoles y se le liberó luego del pago de un jugoso rescate, pero sufrió la confiscación de sus bienes, y murió en Asunción en 1847.

Conspicuo conspirador también fue Pedro Manuel Domecq. Fue detenido en setiembre de 1810 y enviado prisionero a Fuerte Borbón. Liberado poco después, su nombre aparecía nuevamente entre los conspiradores de abril de 1811, en Asunción. Otro involucrado en la conspiración de Concepción fue Juan Bautista Egusquiza.

Yaguarón e Itá en las conspiraciones

En diciembre de 1810 y enero de 1811, en los entonces pueblos de indios Yaguarón e Itá también se descubrieron sendas conspiraciones tendientes a derrocar al poder español del Paraguay.

Efectivamente, cuando las milicias del ejército colonial provincial estaban apostadas en Yaguarón, en su camino rumbo a Paraguarí a esperar la llegada de las fuerzas de Manuel Belgrano, un abogado yaguaronino y administrador del pueblo, el doctor Juan Manuel Grance, un ferviente porteñista, en compañía de otro yaguaronino, Eustaquio Centurión, visitaba frecuentemente el campamento de las milicias, señalándoles que, en realidad, los porteños venían "a sacarnos del cautiverio y opresión que nos tienen los europeos" y que los mismos eran "cristianos católicos como nosotros".

Además, señalaba a los paraguayos que ellos estaban deficientemente armados y que "aquella gente (los porteños de Belgrano) está civilizada y trae artillería invencible", por lo que no era conveniente presentarles batalla, pues el único propósito de las fuerzas porteñas era liberar a los paraguayos del yugo español.

Denunciado ante el gobernador Velazco, fue detenido por "inducir a varios individuos inclinándoles a seguir el partido de los insurgentes". Liberado luego de la revolución de mayo, años después sufrió una larga prisión por orden del dictador Francia. Fue fusilado el 27 de mayo de 1837.

En los primeros días de enero de 1811 se descubrió otro conato revolucionario en Itá, y lo más preocupante para el gobierno colonial fue que el complot había surgido en pleno corazón del ejército provincial, pues estaba liderado por el alférez Pedro León.

Las conspiraciones ya no eran cosas de civiles –que, para éxito de sus proyectos, sí o sí necesitaban la connivencia de los militares–, sino de los propios militares.

La preocupación de Velasco se agravó cuando, luego de su defección de Paraguarí con los demás jefes españoles –el 19 de enero–, vio que un oficial paraguayo, el coronel Cavañas, se convirtió en jefe indiscutido de las milicias paraguayas.

La conspiración asunceña de abril

Poco después, el 4 de abril de 1811, se descubrió otro complot, esta vez en Asunción,  en el que estuvieron involucrados varios connotados ciudadanos, como el propio Manuel Hidalgo, español y ex secretario de la Gobernación del Paraguay; el porteño Marcelino Rodríguez y el asunceño Pedro Manuel Domecq, todos de filiación porteñista. Rodríguez fue uno de los principales cabecillas de esta conjura y dejó escrito unos Recuerdos de un precursor de la Revolución de Mayo de 1811.

La conspiración exitosa

Indudablemente, la conspiración más importante fue la encabezada por Fulgencio Yegros, Manuel Atanasio Cavañas y Blas José Rojas de Aranda y ejecutada por bisoños oficiales veinteañeros como Pedro Juan Caballero, Juan Bautista Acosta, oficial del Cuartel de la Rivera y encargado de entregar el cuartel a Caballero; Carlos Argüello, integrante del grupo que, al mando del capitán Caballero, ocupó los cuarteles para concretar la gesta emancipadora. Acompañaron la gesta Agustín y Pedro Antonio Caballero, hermanos del anterior. También participaron los hermanos José Martín, Juan Manuel y Vicente Ignacio Iturbe (Juan Manuel fue el que sublevó la Maestranza de Artillería, medida determinante para el éxito de la revolución); José Joaquín León, Sebastián Martínez Sáenz, Mariano Antonio Molas; Juan José Montiel, Mariano Recalde, Juan Bautista Rivarola; los hermanos de Fulgencio Yegros: Angel, Antonio Tomás y José Agustín y los sacerdotes Francisco Javier Bogarín y Fernando Caballero.

Las mujeres de mayo

El papel de las mujeres en la gesta emancipadora está representada principalmente en la figura de doña Juana María de Lara de Díaz de Bedoya, madrastra de otro olvidado prócer, Buenaventura Bedoya. Pero no olvidemos también el acompañamiento de Facunda Sperati, novia entonces de Fulgencio Yegros, con quien se casó poco después; o el de Carmelita Sperati de Martínez Sáenz, de Josefa Antonia Cohene de De la Mora, Rosa Acosta de Recalde, María Luisa Bernarda de Echagüe de Iturbe, María Teresa Franco de Yegros, Juana Mayor de Caballero, entre otras insignes damas.

Para finalizar, no nos olvidemos de los pueblos originarios, especialmente los guaraníes, que calladamente también participaron de la gesta de la independencia nacional, en la persona del sacerdote aborigen Manuel Cumá, un iteño que fue uno de los fervientes propagandistas de la independencia paraguaya.

1 Cerca de 500 protagonistas de aquellas jornadas quedaron en el olvido: nombres que merecen estar en algún monumento que rememore su participación en la independencia. Pero como los paraguayos somos tan ingratos, seguro que seguirán durmiendo el sueño de los justos.

2 Cualquier escenario era válido para inculcar los ideales de libertad y de soberanía popular en la ciudadanía. Así lo demostraron varios religiosos, que desde el púlpito pregonaban la caducidad de un régimen arcaico, expoliador y opresor, cuyos nombres debemos venerar y rescatar.

3 El papel de las mujeres en la gesta emancipadora está representada principalmente en la figura de doña Juana María de Lara de Díaz de Bedoya. Los pueblos originarios, especialmente los guaraníes, calladamente, también participaron de la gesta de la independencia nacional.

 

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