Asunción cruzó el umbral: épica, introspección y catarsis con Dream Theater

Cantante de cabello largo con camiseta negra sostiene un micrófono, mientras un baterista toca en un escenario iluminado con luces de colores.
Dream Theater deslumbró a miles en un excelso concierto en el Puerto de Asunción.Gentileza

Hay conciertos memorables, de esos que quedan como una sensación difícil de nombrar. Lo de Dream Theater por primera vez en Paraguay pertenece a esa calificación, a esa experiencia que no se limita nada más a lo que sonó, sino a todo lo que se removió por dentro.

Fue el martes 28 de abril, en el Puerto de Asunción, ahí donde el horizonte se desdibuja entre el río y el cielo. Un techo de nubes grises, casi teatral, comprimía la escena como si el clima también hubiese sido convocado para formar parte del relato. No era tan solo una cita para ver un concierto: era una especie de descenso compartido hacia algo más profundo.

Desde el inicio, con ese preludio del compositor Bernard Herrmann, tomado de la banda sonora de Psycho, la banda dejó claro que lo que vendría no sería lineal. La piez funcionó como un portal o una advertencia de que estábamos entrando en un territorio donde lo psicológico pesaba tanto como lo musical. Y cuando desembocó en “Metropolis Pt. 1: The Miracle and the Sleeper” inició una narrativa. Ese tema, piedra angular de su discografía, ya plantea algo clave en Dream Theater: la identidad fragmentada, la dualidad, la idea de que dentro de una misma persona conviven múltiples versiones.

El primer acto avanzó como una maquinaria precisa pero emocionalmente cargada. “Overture 1928” y “Strange Déjà Vu” reforzaron esa sensación de historia en capas, casi cinematográfica. El cantante James LaBrie habló con el público como quien sabe que esa gente estaba viviendo la materialización de un momento largamente postergado. No se sentía como un discurso armado porque había una emoción real en el hecho de finalmente estar acá.

Cantante masculino con cabello largo y barba, vestido de negro, sostiene un micrófono enérgicamente bajo luces rojas intensas.
El vocalista James LaBrie empujó los límites llevando su voz a lugares conmovedores.

Después vino el contraste. “The Mirror” y “Panic Attack” trajeron una oscuridad más directa y física. No es casual porque son canciones que interpelan, abordando una lucha interna, la ansiedad, el enfrentamiento con uno mismo. En un presente donde la salud mental empieza a dejar de ser un tabú pero sigue siendo un campo de batalla cotidiano, Dream Theater no suena ajeno ni nostálgico: suena vigente. “The Enemy Inside” empuja esa idea aún más lejos, de que el enemigo no está afuera, está adentro, y la banda lo traduce musicalmente en tensión constante, en estructuras que nunca terminan de asentarse, se contraen y se expanden, causando efectos impresionantes.

En “Peruvian Skies”, con esos guiños a “Wish You Were Here” de Pink Floyd y “Wherever I May Roam” de Metallica, el tiempo pareció abrirse. Fue uno de esos momentos donde el concierto confirmó que el público también era parte del show, como una memoria colectiva que se activa, que conecta generaciones. Y eso era visible en el campo: adultos que crecieron con esta música, jóvenes que la descubrieron después, padres e hijos compartiendo algo que no necesita explicación.

El cierre del primer acto con “As I Am” fue una declaración de principios. Y después, el corte de 20 minutos de pausa que no fueron descanso, sino respiración antes de lo que vendría.

Músicos en escenario iluminado: bajista con bajo verde, tecladista y guitarrista rodeados de luces y efectos láser.
Los músicos de Dream Theater ofrecieron un espectacular concierto en el Puerto de Asunción, Paraguay.

El segundo acto cambió el lenguaje. El escenario se transformó con una cama en el centro, luces laterales, humo. La estética del último disco Parasomnia tomó el control. El concepto (los trastornos del sueño, la parálisis, el terror nocturno) no era solo un recurso visual sino toda una metáfora contemporánea. Vivimos en una época donde el descanso está atravesado por la ansiedad, donde incluso dormir puede ser un territorio hostil. Canciones como “Night Terror” o “Are We Dreaming?” no se sienten lejanas, pues parecen hablar de este presente hiperestimulado, donde la mente nunca se apaga del todo.

Musicalmente, la banda operó en un nivel de otra dimensión. John Petrucci construye líneas que no parecen posibles, como si cada nota fuera parte de un sistema nervioso propio. John Myung sostiene todo con una precisión que desafía la lógica. Jordan Rudess convierte los teclados en un laboratorio sonoro, un espacio donde todo puede mutar. Mike Portnoy (en su regreso tras venir en 2016 con The Winery Dogs) toca la batería con todo su cuerpo, pero también la habita, la expande y la desborda. Y James LaBrie, lejos de cualquier nostalgia, canta con una convicción que conecta más con la emoción que con la perfección técnica.

Concierto de Dream Theater en Paraguay, el martes 28 de abril en el Puerto de Asunción
John Petrucci y la presencia de uno de los mejores guitarristas del mundo en Paraguay.

Pero el punto de quiebre llegó después. La inclusión de la escena de la película Dead Poets Society no fue casual. Es una película sobre el paso del tiempo, sobre la urgencia de vivir, sobre lo que dejamos atrás. Y eso desembocó en “A Change of Seasons”, probablemente una de las obras más ambiciosas de la banda. Es una reflexión sobre la vida misma hecha suite. Cada movimiento (de la inocencia a la pérdida, del impulso a la aceptación) funciona como un espejo. En vivo, esa pieza adquiere otro peso, y te atraviesa.

Y entonces, el encore. “The Spirit Carries On” apareció como una pausa dentro del vértigo. Una “power ballad” que funciona como tesis para probar la idea de que algo de nosotros permanece, de que la muerte no es un fin sino una transición, un paso al otro lado del umbral. Ahí, entre las luces bajas y la voz potente, la escena se volvió íntima. Cerca veía a varios homrbes llorando. Otros más, en silencio, mirando fijo, al escenario pero seguro que también hacia adentro. Dream Theater logró lo más difícil: que un espacio masivo se vuelva personal.

Cerrar con “Pull Me Under” fue casi un gesto de equilibrio. Volver a la intensidad, al origen, al pulso que los convirtió en lo que son. Pero ya no era el mismo público que al inicio. Algo había cambiado.

Público enérgico en concierto de Dream Theater, muchos levantan los brazos y graban con teléfonos móviles.
Miles de fanáticos disfrutaron del concierto de Dream Theater en Paraguay el 28 de abril.

Entonces, lo que se vio en Asunción fueron cinco músicos en estado de gracia, pero también la demostración de que la complejidad no compite con la emoción, porque la técnica también puede ser un vehículo para decir algo urgente. En ese sentido, Dream Theater no vino a mostrar virtuosismo, sino que vino a construir una narrativa y de paso, a transformarnos. Piso por piso, canción por canción, levantaron un edificio donde conviven el miedo, la memoria, el tiempo y la identidad.

En una era que premia lo inmediato, lo breve, lo descartable, lo de Dream Theater se siente casi contracultural. Apostar por canciones largas, por conceptos densos, por experiencias que exigen atención, no es solo una decisión estética: es una postura. Y anoche, en ese borde entre el río y el cielo, quedó claro por qué eso sigue importando.