Tuviste un día agotador y solo querés algo “ligero y tierno” en la plataforma de turno. O, al contrario, sentís que necesitás una sacudida de adrenalina y buscás un thriller oscuro donde siempre esté a punto de pasar algo terrible.

No es un simple capricho: tu cerebro tiene motivos bastante precisos para inclinarse hacia una comedia romántica con final feliz o hacia un crimen retorcido. La neurociencia y la psicología de la ficción empiezan a explicar qué hay detrás de esos impulsos y por qué cambian según el momento vital, el estado de ánimo y hasta el nivel de estrés.
Un cerebro hecho para las historias
Desde la antropología hasta la neurociencia cognitiva coinciden en algo: somos una especie narrativa. Contar y escuchar historias no es un adorno cultural, sino una forma básica de procesar la realidad.
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Cuando leemos una novela o vemos una serie, se activa una red amplia del cerebro: regiones de lenguaje, memoria, emoción y, de forma notable, las áreas implicadas en la simulación y la empatía.
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Estudios de neuroimagen muestran que, al seguir una historia, se encienden zonas similares a las que usaríamos si viviéramos de verdad esas experiencias.

El psicólogo canadiense Keith Oatley ha defendido que la ficción funciona como un “simulador de vuelo” para la vida social: nos permite practicar emociones, decisiones y relaciones sin pagar el coste real.
El cerebro, acostumbrado a anticipar escenarios y consecuencias, encuentra en las historias un laboratorio seguro para ensayar.
Pero no todas las simulaciones son iguales. Un romance intenso y un thriller trepidante entrenan cosas distintas y activan de forma diferente los sistemas de recompensa, miedo, apego y control cognitivo. De ahí que nos “apetezcan” en momentos distintos.
Romance: el laboratorio del apego y la recompensa
¿Qué ocurre en el cerebro cuando nos enganchamos a una historia romántica?

En escenas de conexión emocional —un encuentro, una reconciliación, una confesión de amor— aumenta la actividad en el sistema de recompensa (núcleo accumbens, área tegmental ventral), las mismas regiones asociadas al placer, la motivación y la anticipación de algo positivo. Paralelamente, se involucran circuitos vinculados al apego y la afiliación social.
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Sabemos también que hormonas y neuromoduladores como la oxitocina, la serotonina y la dopamina participan tanto en el enamoramiento real como en la percepción de cercanía y confianza con personajes ficticios.
El neuroeconomista Paul Zak, por ejemplo, ha mostrado que una narrativa emotiva puede elevar los niveles de oxitocina en sangre, facilitando la empatía y la disposición a vincularse.
De ese cóctel neuroquímico resulta algo más que “placer culpable”: el cerebro está usando la trama romántica para:
- Ensayar guiones de relación: cómo se conocen, cómo resuelven conflictos, qué límites ponen, qué perdonan.
- Regular el estado de ánimo: el camino puede ser tormentoso, pero el código del género promete una resolución positiva.
- Reducir incertidumbre: en un entorno real lleno de variables que no controlamos, la estructura de la comedia romántica ofrece predictibilidad y consuelo.
No es casual que, en épocas de alta ansiedad o cansancio, muchas personas huyan de dramas complejos para refugiarse en historias donde “ya sabemos” que todo acabará relativamente bien.
El cerebro, saturado de problemas reales, prefiere una simulación donde el riesgo emocional está acotado.
Thriller: entrenamiento para el peligro desde el sofá
Si el romance explora el vínculo, el thriller explora la amenaza. Y eso activa otro conjunto de sistemas cerebrales.

Las escenas de persecución, crimen o peligro inminente disparan la amígdala —clave en la detección de amenazas— y el eje de estrés (el sistema hipotálamo-hipófisis-suprarrenal).
El corazón se acelera, se dilata la pupila, aumenta la conductancia de la piel: el cuerpo reacciona como si el peligro fuera real… aunque el córtex prefrontal sepa que estamos en el sofá.
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Ese “doble registro” es esencial. El cerebro superior mantiene la conciencia de seguridad (“es ficción”), lo que permite que la activación fisiológica se viva, paradójicamente, como placer. Algo similar ocurre en atracciones de parque o deportes de riesgo: miedo controlado.
Desde un punto de vista evolutivo, ver o leer thrillers puede entenderse como:
- Entrenamiento de detección de patrones de peligro: engaños, agresiones, conspiraciones.
- Ejercicio de resolución de problemas: ¿quién es el culpable?, ¿qué pistas pasé por alto?
- Tolerancia a emociones intensas: miedo, asco, tensión, indignación.
Los estudios sobre personalidad apuntan, además, a que quienes puntúan alto en “búsqueda de sensaciones” suelen preferir géneros con más arousal (activación), como el thriller o el terror. Su sistema de recompensa responde mejor a cambios bruscos y estímulos intensos, mientras que otros perfiles buscan más estabilidad emocional y tienden hacia géneros reconfortantes.
Qué dice tu estado de ánimo de lo que elegís
No siempre elegimos la misma ficción. Y eso no es aleatorio: encaja con lo que la psicología de los medios llama “teoría de la gestión del estado de ánimo”.
Según esta línea de investigación, seleccionamos contenidos para regular cómo nos sentimos: para mantener un buen estado de ánimo, mejorarlo o, a veces, profundizar en él. Unido a lo que sabemos de neuroquímica, aparecen patrones bastante consistentes:
- Estrés y saturación cognitiva: el cerebro quiere bajar revoluciones. Prefiere historias previsibles, con pocas subtramas y recompensa emocional clara. De ahí el refugio en romances, feel-good stories o series ligeras.
- Aburrimiento y baja estimulación: el sistema de recompensa pide novedad y desafío. Thrillers, tramas complejas, giros inesperados y misterio ofrecen ese incremento de dopamina que “despierta” al cerebro.
- Tristeza o soledad: la ficción romántica —incluidas las historias de amigos y familia, no solo de pareja— actúa como recordatorio de conexión humana, activa circuitos sociales y puede amortiguar la sensación de aislamiento.
- Necesidad de control: los thrillers y las narrativas de investigación dan una ilusión de orden: hay un enigma, pistas, lógica. El mundo puede ser caótico, pero en la ficción el culpable aparece y el caso se cierra.
Curiosamente, también hay quien busca el efecto contrario: ver dramas cuando está triste o thrillers intensos cuando está ansioso. En algunos casos, es una forma de “exposición controlada” a emociones difíciles: el cerebro practica cómo sentir miedo o tristeza en un entorno seguro, lo que puede hacerlo más tolerable.
¿Es malo que el cerebro pida siempre lo mismo?
Desde la perspectiva clínica, la ficción —romántica, de suspenso o de cualquier otro género— no es en sí ni buena ni mala. Es una herramienta. Puede servir para:
- aliviar estrés,
- ensayar habilidades sociales,
- ampliar la empatía,
- entender mejor nuestros propios deseos y miedos.
El problema surge cuando:
- se usa solo para evitar sistemáticamente problemas reales (por ejemplo, refugiarse indefinidamente en romances idealizados en lugar de afrontar una relación insatisfactoria), o
- se eligen contenidos que disparan una y otra vez respuestas de miedo o angustia que no conseguimos procesar.
Una pista útil es preguntarse, después de una sesión de lectura o de maratón de series, cómo queda el cuerpo: ¿más ligero, más conectado, más tranquilo? ¿O más tenso, más desanimado, más desconectado de lo que necesito hacer?
