¿Qué es la misofonía?
La misofonía —literalmente, “odio al sonido”— no se refiere a cualquier ruido estridente, sino a sonidos específicos y repetitivos, a menudo suaves: masticar, sorber, respirar fuerte, teclear, golpear con un lápiz, crujir los nudillos. El desencadenante puede ser mínimo, pero la respuesta emocional es desproporcionada.
A diferencia de la hiperacusia (una sensibilidad general al volumen), en la misofonía el problema no es cuán fuerte suena algo, sino qué tipo de sonido es y quién lo produce.
Es habitual que el mismo ruido resulte insoportable cuando lo hace otra persona, pero casi imperceptible si lo genera uno mismo.
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Un sufrimiento que suele vivirse en silencio
Quienes la sufren describen una escalada rápida: primero incomodidad, luego irritación, y en cuestión de segundos rabia, impulso de huir, taquicardia o incluso pensamientos agresivos. Esa intensidad suele ir acompañada de culpa y vergüenza.
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“Sabés que objetivamente no es para tanto, pero tu cuerpo reacciona como si estuvieras en peligro”, cuenta Marta, 32 años, que evita comer con sus compañeros de trabajo. “He llegado a inventar reuniones para no ir a comidas de grupo”.
Este malestar se traduce en estrategias de evitación: auriculares casi permanentes, excusas para no asistir a eventos sociales, tensión familiar en torno a la mesa o conflictos de pareja por ruidos nocturnos. El aislamiento es una consecuencia frecuente.
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Un trastorno aún poco reconocido
La misofonía no aparece todavía en muchos manuales diagnósticos oficiales, lo que contribuye a que sea subestimada. Sin embargo, diversos equipos de investigación han empezado a describirla como un trastorno propio, con rasgos neurobiológicos específicos.
Estudios de imagen cerebral señalan una activación exagerada de regiones relacionadas con la atención, la emoción y la respuesta de amenaza cuando la persona escucha sus sonidos detonantes.
No se trata, por tanto, de “manías” ni de una simple baja tolerancia a la frustración, sino de un patrón de respuesta que tiene correlatos medibles en el cerebro.
Impacto en la vida diaria
La falta de reconocimiento institucional complica el acceso a apoyos. Muchos afectados pasan años sin poner nombre a lo que les ocurre, o son etiquetados como “exagerados”, “susceptibles” o “maniáticos”. En la escuela, los niños pueden ser vistos como problemáticos por negarse a compartir aula o comedor con ciertos compañeros.
En el ámbito laboral, la misofonía choca de frente con las oficinas abiertas, los espacios compartidos y las reuniones largas. No es raro que los afectados busquen trabajos remotos o entornos más controlados, no por preferencia, sino por necesidad.
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¿Tiene tratamiento?
A falta de un protocolo único, los especialistas combinan estrategias procedentes de distintas disciplinas. Algunas terapias cognitivo-conductuales ayudan a reducir la respuesta de alarma ante los sonidos gatillo, trabajando tanto la interpretación de la amenaza como técnicas de regulación emocional.
También se están utilizando enfoques inspirados en los tratamientos del tinnitus (acúfenos), como el uso de ruido blanco o sonidos de fondo que “cubran” parcialmente los estímulos molestos. Auriculares con cancelación activa de ruido se han convertido en un recurso cotidiano para muchos.
Aunque no existe una “cura” definitiva, algunas personas reportan mejorías significativas cuando combinan tratamiento psicológico, adaptaciones en su entorno (por ejemplo, acuerdos sobre ruidos en casa o en la oficina) y apoyo social.
El papel del entorno
Quizá la intervención más simple y a la vez más difícil sea la empatía. Evitar comentarios despectivos como “no seas exagerado” y estar dispuesto a negociar pequeñas adaptaciones —cerrar la boca al masticar, no golpear con el bolígrafo, permitir el uso de auriculares— puede marcar la diferencia.
“Que te crean es el primer alivio”, resume Marta. “Cuando dejás de sentirte un bicho raro y entendés que tiene nombre, empieza la posibilidad de buscar ayuda”.
Mientras la ciencia termina de definir su encaje en los manuales y las consultas, la misofonía ya es una realidad cotidiana para quienes viven en guerra con sonidos que, para casi todos los demás, pasan inadvertidos.
