La última en llamar a la puerta ha sido la británica Bodhana Sivanandan. Su actuación en la Olimpiada de Samarcanda (Uzbekistán) que concluyó esta semana le permitió completar el título de Gran Maestra Femenina a los 11 años, seis meses y 18 días y superar una plusmarca que pertenecía desde hacía veinte años a la china Hou Yifan, que lo consiguió con 12 años, tres meses y ocho días.
Su irrupción coincide con la del argentino Faustino Oro, el turco Yagız Kaan Erdogmuş y el ruso Roman Shogdzhiev: cuatro infancias distintas unidas por el tablero, los viajes y unas carreras que comenzaron muy precoces.
Sivanandan vive en Harrow, al norte de Londres, y acaba de empezar la enseñanza secundaria. Según contó su familia a The Guardian, aprendió a jugar a los cinco años con su padre, informático, y al cabo de un año ya le ganaba, ayudada por vídeos de internet. Estudia piano y violín y ha conquistado tres teléfonos móviles en torneos, pero sus padres todavía no le permiten usarlos.
En Samarcanda necesitó un alzador para llegar con comodidad a las piezas. Después regresó al colegio, tras perderse dos semanas de clase, con una lección de diseño y tecnología en el horario. El título WGM (Gran Maestra Femenina) es el mayor de los reservados a mujeres; no equivale al GM (Gran Maestro) absoluto, la máxima categoría abierta a todos los sexos.
Faustino Oro nació en Buenos Aires y descubrió el ajedrez durante el confinamiento, con seis años. Su familia trasladó su vida a Badalona para facilitar una carrera que ya exigía torneos y entrenadores internacionales. Allí continúa escolarizado y dispone de un programa especial para recuperar exámenes cuando compite. Entre torneo y torneo, también hay deberes.
Apodado 'el Messi del ajedrez', Oro disfruta comentando partidas en directo y en mayo se convirtió en el segundo Gran Maestro más joven de la historia. Magnus Carlsen lo resumió con una comparación inevitable: a los doce años, dijo en los estudios de 'Take Take Take' de Oslo, Messi no jugaba al fútbol tan bien como 'Fausti' juega al ajedrez.
Otro de los niños precoces, Yagız Kaan Erdogmuş, procede de Bursa, en el norte de Turquía, y llegó al tablero por una maestra de su jardín de infancia. Su ajedrez agresivo lo ha llevado hasta la élite mundial antes de cumplir los dieciséis. Entrena con el azerbaiyano Shakhriyar Mamedyarov, antiguo número dos, y comparte con su compatriota Ediz Gürel una ambición que rebasa sus resultados: conseguir que el ajedrez crezca en Turquía como lo ha hecho en la India.
Y Shogdzhiev nació en Elista, capital de Kalmukia, una república del sur de Rusia situada al oeste del mar Caspio. Aprendió a jugar al ajedrez a los cuatro años con su padre. Su madre dejó el trabajo para ocuparse de su formación y la familia se mudó a Moscú. Allí estudia en casa y trabaja con grandes maestros. Ella contó al portal ruso MSK1.ru que Roman "se despertaba con ajedrez y se dormía con él". Con diez años batió el récord de Maestro Internacional y ahora persigue las normas que le faltan para ser Gran Maestro.
La historia obliga a matizar la sensación de que todas las plusmarcas duran cada vez menos. Bobby Fischer fue el gran maestro más joven en 1958 con 15 años, 6 meses y un día. Su récord permaneció intacto durante 33 años, hasta que Judit Polgár lo rebajó en 1991 a los 15 años, cuatro meses y 28 días. Tras Polgár, el récord cayó cinco veces en once años: lo rebajaron Péter Lékó en 1994, Étienne Bacrot y Ruslán Ponomariov en 1997, Bu Xiangzhi en 1999 y Serguéi Kariakin en 2002, cuando se convirtió en Gran Maestro con 12 años y siete meses. Su marca resistió 19 años, hasta que el estadounidense Abhimanyu Mishra la dejó en 2021 en 12 años, cuatro meses y 25 días, récord todavía vigente.
La aceleración sí se aprecia en otra plusmarca, la del Maestro Internacional, el título inmedietamente inferior al de Gran Maestro: Mishra fijó el récord en 2019, con diez años y nueve meses; Oro lo rebajó en 2024 con diez años y ocho meses; y Shogdzhiev volvió a hacerlo en 2025, al obtener el título con diez años y tres meses. La novedad, por tanto, no es que todos los récords cada vez duren menos, sino la concentración actual de niños capaces de amenazar diferentes marcas.
La tecnología ha eliminado barreras que antes condicionaban la formación. Una promesa ya no necesita vivir junto a un gran club ni esperar un libro de partidas: puede jugar miles de encuentros en línea, consultar bases de datos, analizar con motores y recibir clases desde otro país. El confinamiento multiplicó además el número de niños frente a un tablero digital; Oro es su ejemplo más visible.
El Gran Maestro húngaro Péter Léko, antiguo aspirante al título mundial y en su día récord de precocidad, explicó a Chess.com que el acceso en línea y el auge del ajedrez durante la pandemia permitieron a los niños disponer de una cantidad de información impensable para generaciones anteriores. La herramienta amplía la cantera, aunque no fabrica campeones: detrás se mantiene la importancia del dinero, la pesadez de los viajes, la disciplina de los profesores y una rigidez tal vez poco infantil.
Pero también permanece una certeza. Ser el mejor a los diez, once o doce años no garantiza dominar a los veinte. Si no, que se lo digan a Arturo Pomar, que hizo tablas con el campeón mundial Alexander Alekhine a los trece y a quien el franquismo dejó sin apoyo en cuanto dejó de ser "Arturito.
La realidad es que la presión, la escuela y la adolescencia también influyen en el desarrollo posterior de los niños. Y, por ahora, Bodhana vuelve a clase, Oro recupera exámenes, Erdogmuş sueña con transformar el ajedrez turco y Shogdzhiev estudia en casa mientras persigue a los mayores. Los cuatro compiten con relojes de adultos, pero, de momento, viven vidas de niños.
