¿Qué es exactamente un chicle?
Aunque lo tratamos como comida, el chicle no está pensado para ser ingerido. Es un producto masticable: se diseña para que conserve su textura en la boca mientras libera sabor y dulzor.

En casi todos los casos la fórmula se parece mucho: una “goma base” que da elasticidad, a la que se añaden plastificantes y suavizantes para que no se endurezca, edulcorantes para el sabor dulce y colorantes y aromas que le dan su aspecto y gusto final.
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Goma base: el “esqueleto” del chicle
La goma base es lo que convierte al chicle en algo elástico y resistente. Hoy, la mayor parte de los chicles comerciales usa mezclas de polímeros sintéticos, parecidos a los plásticos que encontramos en otros productos del día a día.

Durante décadas se utilizaron más resinas naturales, como el látex del árbol del chicozapote (el “chicle” original), pero lo sintético se impuso por ser más barato y fácil de producir en grandes cantidades.
Esa goma base no se digiere. Por eso, si alguien se traga un chicle, lo habitual es que el cuerpo lo expulse sin más, aunque los expertos insisten en que no conviene hacerlo de forma habitual.
Plastificantes, suavizantes y humectantes
Para que la goma base no quede dura como una piedra, se añaden sustancias que la hacen flexible.

Suelen ser resinas, ceras, aceites o glicerina de origen vegetal. Funcionan como plastificantes y humectantes: mantienen la humedad y la suavidad del chicle mientras lo mascamos.
Sin ellos, la pastilla se rompería o perdería elasticidad al poco tiempo de estar en la boca.
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Edulcorantes: azúcar, polioles y más
El dulzor del chicle puede venir de:
- Azúcares tradicionales, como sacarosa o glucosa, típicos del chicle “clásico”.
- Polioles (xilitol, sorbitol, manitol…), que aportan dulzor con menos impacto en los dientes y menos calorías.
- Edulcorantes intensos como aspartamo, acesulfamo K o sucralosa, que se usan en cantidades muy pequeñas.
Los chicles con azúcar aumentan el riesgo de caries si se consumen con frecuencia. Los sin azúcar, en cambio, pueden ser menos dañinos para el esmalte e incluso beneficiosos cuando incluyen xilitol, siempre que se usen con moderación: en grandes cantidades algunos polioles pueden tener efecto laxante.
Colorantes y aromas
La parte “divertida” de muchos chicles llega con los colorantes y los aromas. Pueden ser naturales (por ejemplo, extractos de menta o frutas) o artificiales.

Los colorantes dan la tonalidad llamativa a la pastilla o al relleno; los aromas construyen el sabor, desde la menta fuerte hasta mezclas complejas de frutas y especias.
En la mayoría de países, estos aditivos están regulados y deben aparecer en la etiqueta, aunque muchas veces solo como códigos o nombres técnicos.
Tradicional, sin azúcar, natural y biodegradable: ¿en qué se diferencian?
En el supermercado, las diferencias clave entre tipos de chicle suelen ser estas:
Chicle tradicional: suele contener azúcar y una goma base sintética. Es el de sabor intenso y dulce clásico. Es el que más contribuye a las caries si se consume a menudo y, al llevar polímeros parecidos al plástico, prácticamente no se degrada en el entorno.
Chicle sin azúcar: cambia el azúcar por polioles y/o edulcorantes intensos, pero en muchos casos mantiene la misma goma base sintética. Es menos agresivo para los dientes y, según asociaciones odontológicas, mascado tras las comidas puede ayudar a estimular la saliva y reducir la acidez en la boca.
Sin embargo, desde el punto de vista ambiental sigue siendo un residuo muy persistente si se tira al suelo.
Chicle natural: busca recuperar bases de origen vegetal, como el chicle tradicional de árbol, la resina de mastic o de otras plantas, combinadas con azúcares más simples, miel o aromas naturales.
Suele tener una textura algo distinta y un sabor menos “explosivo”, pero ofrece fórmulas más cortas y reconocibles. Dependiendo de la composición, puede llegar a ser biodegradable.
Chicle biodegradable: apuesta por gomas base diseñadas para descomponerse en menos tiempo, normalmente de origen vegetal.

Todavía son una minoría en el mercado y suelen ser más caros, pero responden a un problema visible: los millones de trozos de chicle pegados en aceras y mobiliario urbano que tardan años en desaparecer.
Lo que pasa mientras mascamos
Al masticar, la fricción y la saliva van disolviendo los edulcorantes y los aromas. Los vamos tragando poco a poco, igual que en cualquier otra golosina. Lo que queda al final, casi sin sabor, es sobre todo la goma base con parte de los plastificantes.
Por eso la recomendación de los especialistas es clara: elegir bien el tipo de chicle, fijarse en la etiqueta, no abusar y, sobre todo, tirarlo siempre a la basura.
Porque el Día Internacional del Chicle no solo invita a celebrarlo… también a preguntarnos qué hay detrás de esa pequeña y pegajosa costumbre.
