“El tiempo usual para obtener una vacuna es 10 años. En la historia la que más rápido se ha licenciado es la vacuna contra las paperas, que se demoró cerca de 5 años, pero con el coronavirus estamos intentando hacerlo entre 12 y 18 meses”, dice el médico Eduardo Ortega-Barria, vicepresidente y director de Investigación Clínica para Latinoamérica de GSK.
Según expertos, esa extraordinaria velocidad se alcanzó a través de alianzas estratégicas entre farmacéuticas, biotecnológicas y universidades y con un sistema de producción adelantado, antes de saber si los ensayos clínicos darán los resultados esperados.
“Es una producción a riesgo. Manufacturan con los dedos cruzados. Si la vacuna no es exitosa van a ver perder su inversión. Pero si funciona, van a ver acortado de forma muy importante el tiempo para distribuirla”, señala el director de Fifarma.
Ese es el plan de Janssen, que se ha propuesto suministrar más de mil millones de dosis a largo de 2021, para lo cual, antes de la demostración final de la eficacia y en paralelo a los estudios, plantea adelantar la producción y evaluar su sistema de distribución, explica su vicepresidente de Asuntos Médicos para Latinoamérica, Josué Bacaltchuk.
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Los expertos coinciden en que, ante la demanda mundial y una población de 7.000 millones de personas, se necesitará mucha velocidad y varias vacunas ya que ningún fabricante tiene el alcance de producción necesario.
“Debemos ser contundentes: necesitamos varias vacunas para responder a la meta de la OMS de cubrir en un primer momento a un 3% de la población, entre profesionales de la salud y poblaciones de mayor riesgo, y luego un 20% de población adulta más vulnerable o con comorbilidades”, advierte Bacaltchuk.