BEIRUT (AFP). En Beirut, días después de la mortal explosión del 4 de agosto, manifestantes iracundos levantaron unas horcas ficticias con siluetas de cartón representando a los principales dirigentes, con la soga al cuello, incluyendo al jefe de Hezbollah, otrora considerado un intocable.
Esta escena inédita derribó un viejo tabú y estuvo seguida por la incriminación, por parte de un tribunal internacional, de un miembro de Hezbollah en el asesinato del ex primer ministro libanés Rafic Hariri, hace quince años. Un nuevo golpe para el partido chiita aliado de Irán y del régimen sirio.
“En las horas que siguieron a la explosión, muchos acusaron a Hezbollah”, afirma Fares al Halabi, un organizador de las protestas masivas antigubernamentales del pasado octubre.
Muchos libaneses vieron en esta explosión, que devastó zonas enteras de Beirut y mató a unas 181 personas, una prueba flagrante de que la corrupción mata, y responsabilizaron a sus dirigentes de la tragedia.
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Un sentimiento de rabia que se hizo patente en las redes sociales, como lo mostraba una imagen de la enorme humareda provocada por la explosión, en forma de hongo, coronada con un turbante negro con la mención “Sabemos que fuiste tú”, en alusión al jefe de Hezbolá, Hassán Nasrallah.
Numerosos libaneses consideran que la responsabilidad de lo sucedido recae en todos los partidos en el poder, y sobre todo en Hezbollah, que domina la vida política.
Algunos acusan al movimiento chiita de guardar la enorme cantidad de nitrato de amonio que causó la catástrofe, y que estaba almacenada en el puerto, para utilizarla en la guerra de Siria, donde apoya al régimen de Bachar al Asad. Un proyecto que Hezbollah negó tajantemente.
Caen los tabúes
La tragedia ocurrió en medio de un Líbano sumido en una grave crisis política, económica y social, y acentuó el rechazo de la calle hacia la clase dirigente y hacia Hezbollah, que además está en el “ojo” de la justicia internacional.
La popularidad del movimiento ya fue sometida a una dura prueba el pasado año, en el marco de un movimiento de protesta.
El nombre de Nasrallah figuró en el aquel entonces, si bien tímidamente, en los lemas dirigidos contra la clase política.
Los simpatizantes del movimiento echaron abajo las tiendas que los manifestantes levantaron en el centro de Beirut, y propinaron palizas a algunos de ellos.
“Existía un acuerdo tácito entre los revolucionarios de dejar a un lado a Hezbollah y a sus armas” en un país en el que el desarme del movimiento dividió durante mucho tiempo a los políticos y a la calle, según Halabi. Pero el tabú se rompió cuando la formación se volvió contra la “revolución”, convirtiéndose en “el primer partido que atacó a la gente”, explica Halabi.
“Hezbolá eligió proteger un edificio que se hunde”, declaró Sami Atallah, director del Centro libanés de Estudios Políticos.
Partido “pro-establishment”
La implicación de Hezbollah en el conflicto sirio, oficialmente desde 2013, también empañó la imagen del movimiento, construida durante décadas de “resistencia” contra Israel.
Pero, al meterse en la ciénaga política, Hezbollah se expuso al riesgo de que lo consideraran responsable de los fallos del Estado, de los que la explosión del 4 de agosto es una muestra palpable.
Durante muchos años, “Hezbollah había logrado presentarse como un partido anti-establishment”, recordó Naji Abou Khalil, militante del Bloque Nacional, un partido que participó en las protestas.
Según él, Hezbollah es percibido hoy más como un “partido como cualquier otro” que como un “partido de la resistencia”.
Durante mucho tiempo, Hezbollah ejerció su poder entre bambalinas, sin tener que justificarse públicamente o tener que rendir cuentas. Pero ahora, constata que tener las riendas tiene sus ventajas, pero también sus inconvenientes, apunta Fares al Halabi.
“Hezbollah es el dirigente de facto y todo lo que ocurre depende de su autoridad. Un dirigente en el cargo es todo aquel que asume la responsabilidad de cualquier consecuencia negativa” de su gestión, concluye Halabi.
