Cada mañana, los tres amigos de Senegal quedan en el mismo lugar donde aparcan sus carritos de la compra y afrontan la jornada sin papeles en regla, con miedo a ser detenidos y sin saber si tendrán suerte y recogerán material suficiente para poder comer.
“Abdou es un robot, tiene tanta energía que puede caminar cuesta arriba durante horas”, aseguran a EFE entre bromas Kalamu y Abdoulaay.
El repiqueteo de los carros atravesando el corazón de Barcelona se ha vuelto habitual. El trabajo de chatarrero es para muchos migrantes indocumentados el único medio de subsistencia.
El día anterior, Abdou caminó 20 kilómetros en busca de chatarra, pero no consiguió ni un céntimo. Kalamu hizo 12 kilómetros y logró 15 euros, mientras que Adboulaay ganó 13 euros.
“Hay días buenos y días malos”, dicen. Al final de la jornada, los carritos pueden llegar a pesar 240 kilos con todo tipo de material, y luego hay que seleccionar el metal. Les pagan 20 céntimos por kilo, lo que les permite, de media, sacar 10 euros al día, 11,5 dólares.
"Es como un gimnasio gratuito", dice Kalamu. Los tres amigos quisieron dejar atrás una vida de miseria, pero la realidad de Barcelona (1,66 millones de habitantes) no es exactamente lo que esperaban.
UNA VIDA “MEJOR”
En Senegal, Abdou era un diseñador gráfico sin suerte. Hoy vive en una casa de okupas (personas sin hogar) a las afueras de Barcelona (noreste).
Hurga en contenedores de basura por menos de un euro a la hora. “Muchos de nosotros, los jóvenes, tenemos estudios en Senegal, pero allí no hay oportunidad de trabajar”, explica.
El joven, de 32 años, llegó a España con su hermano hace nueve meses, tras un viaje en patera (una embarcación precaria) de ocho días por el Océano Atlántico hasta las islas Canarias.
“Dicen que en Europa hay democracia, pero luego llegas aquí y no es lo que esperábamos, tenemos que hacer este trabajo, no nos dan otra opción”, lamenta.
Ese archipiélago español sufre una fuerte presión migratoria; en 2020 llegaron 23.000 inmigrantes magrebíes y subsaharianos desde el continente africano debido a causas como la pandemia de covid-19.
Hasta el 31 de octubre de este año, entraron en España de manera irregular 34.343 personas, un 23,7 % más respecto al mismo periodo de 2020, la gran mayoría por mar desde África, según datos oficiales.
Abdou tendrá que esperar un mínimo de tres años para obtener la residencia legal en España. Además de requisitos como demostrar un domicilio permanente, tendrá que aprender español y catalán para establecerse en la región de Cataluña, donde vive.
“Trabajo hasta las 7 de la tarde todos los días y luego voy a un centro a aprender catalán", cuenta.
Y mientras Abdou sueña con trabajar de diseñador gráfico en España, Abdoulaay, que era pescador, vive con la incertidumbre de tener que ganar dinero suficiente para subsistir y enviar a su esposa e hijos.
ECONOMÍA SUMERGIDA, TRABAJADORES "INVISIBLES"
Después de horas de búsqueda de metales, el trabajo continúa llevándolos a uno de los muchos locales de Barcelona donde se clasifica, pesa y vende el metal.
Ramses Gellida es el propietario de NTR Reciclajes, una chatarrería a la que acuden de personas de todo el mundo.
Su establecimiento tiene una cuadrilla de chatarreros más o menos fija de Rumanía, Senegal y Pakistán, aunque abierta a todo el que lo necesite.
"La verdad es que lo que más sorprende es la vida que tienen. La mayoría hablan cuatro o cinco idiomas. Es gente que ha viajado mucho. Son nómadas y, por circunstancias de la vida, se han dedicado a la chatarra”, comenta.
Ellos se sienten “indignos y humillados” y, a menudo, son víctimas de racismo. “Cuando la gente nos ve caminando en su dirección, cruzan la calle para evitarnos”, dice Ali, un senegalés de 24 años. Pero "no podemos cruzar los brazos y no hacer nada, tenemos que trabajar".
Para la mayoría, reciclar es molesto. Para los chatarreros sin papeles es supervivencia. “No lo hacen por el medio ambiente, sino porque lo necesitan", dice Federico Demaria, profesor de Economía Ecológica y Política de la Universidad de Barcelona.
Él lidera un estudio sobre este reciclaje ‘no oficial’ en Barcelona y usa los resultados para solicitar al Ayuntamiento su reconocimiento para compensar a los migrantes justamente por su contribución al medio ambiente y su aportación al sistema.
Estos trabajadores “invisibles” recogen más del 20 % de la chatarra de Cataluña, según la organización de reciclaje Gremi de Recuperació de Catalunya.
Demaria calcula entre 50.000 y 100.000 recicladores irregulares en esta región, el 70 % procedentes del África subsahariana.
