Desde el guardia de seguridad que chequea en la entrada, hasta los administrativos o el conserje, los 815 empleados de los siete centros ortopédicos de CICR en Afganistán tienen algún tipo de discapacidad, en lo que definen como un modo de discriminación positiva que sirve como ejemplo de superación para los pacientes.
"Discapacitados trabajando para discapacitados, (muestra que) la vida no se detiene, que deben continuar, que pueden hacer mucho. También sirve para que los demás contraten a discapacitados cuando tienen alguna vacante, aunque no es nada fácil", reconoce en su despacho a Efe el director del centro en Kabul, Najmuddin Helal.
Este fisioterapeuta de 57 años, que lleva en el centro desde sus inicios hace tres décadas y necesita apoyarse con las dos manos para levantarse, sabe de lo que habla.
"Perdí ambas piernas por la explosión de una mina en Kabul cuando tenía 18 años. Conducía un camión y una mina explotó. Ocurrió exactamente hoy, en este momento (10.20 de la mañana), hace 39 años", reveló Helal durante la entrevista, afectado, pero estoico.
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El fisioterapeuta reconoce que hasta llegar a ese despacho, convertido en un ejemplo de superación, tuvo que sobreponerse a momentos muy duros, en los que se sentía "inútil", sin esperanza de poder caminar de nuevo, encerrado cinco años en casa sin hacer nada.
"Siempre los llamo mis cinco años oscuros (...) después de eso, me uní al CICR", relata, una oportunidad que llegó tras ser rechazado una y otra vez en otros lugares cuando solicitaba empleo.
CUATRO DÉCADAS DE GUERRA EN AFGANISTÁN
Helal resultó herido en diciembre de 1982, en plena ocupación soviética, que se prolongó hasta 1989. Después llegarían la guerra civil, el régimen talibán entre 1996 y 2001, la invasión estadounidense y, desde el pasado 15 de agosto, el regreso de los islamistas.
La vuelta de los talibanes al poder desencadenó una espantada de las organizaciones internacionales en el país, lo que sumado al corte del flujo financiero exterior y la paralización de las ayudas, hizo que se intensificara la crisis humanitaria generada por décadas de guerra, la pandemia y una intensa sequía.
Entre los 210.000 discapacitados -no solo víctimas de amputaciones- tratados por CICR en el país desde 1988, como simbolizan las torres de archivadores azules que se alzan en algunas habitaciones, "muchos" se han visto afectados por esta crisis humanitaria y acuden al centro "solicitando ayuda", explica Helal.
A estos pacientes, a los que se apoyó en algunos casos con microcréditos para iniciar sus negocios, se les aporta asistencia de emergencia para superar el duro invierno afgano, como material para combatir el frío, con las primeras nieves cayendo ya en Kabul.
Como signo positivo, al menos a primera vista, el regreso de los talibanes podría suponer el fin de cuatro décadas de guerra y que se detuviera la llegada al centro de víctimas por el conflicto, pero el fisioterapeuta no es demasiado optimista.
"Es tan difícil de saber, porque durante estos 40 años de guerra siempre pensamos que terminaría (...) pero nos equivocamos. Para nosotros, quién es el discapacitado no importa, ayudamos y asistimos a todos los que tengan un problema (...) Por supuesto deseamos que la guerra termine, pero es muy difícil pensar que se acabó, muy difícil", lamenta.
CON GUERRA O NO, EL TRABAJO SIGUE
A pesar de la inestabilidad que se vive al otro lado de los muros que rodean este centro ortopédico de Kabul, en el interior todo es efervescencia, en un trabajo frenético para atender a los alrededor de 300 pacientes que acuden a diario por algún tipo de asistencia.
Según datos de CICR, sus siete centros en Afganistán producen al mes alrededor de 600 prótesis, 1.200 aparatos ortopédicos, 1.200 pares de muletas y 180 sillas de ruedas, una labor que realizan parte de sus 815 trabajadores, 175 de ellos mujeres.
Aunque puedan parecer muchas menos, en la visita guiada a las instalaciones por el supervisor y fisioterapeuta Abdul Jalal Magsoodi, las mujeres destacan en grupos, haciendo trabajos que van desde moldear prótesis a las labores de rehabilitación.
Una de las pacientes es Bibi Hawa, una mujer enferma de epilepsia que, durante uno de esos ataques, introdujo su pierna en uno de los comunes hornos afganos a ras de suelo, provocándole una grave quemadura que obligó a amputarle el miembro.
Hoy es su primer día con una prótesis, y entre risas y arropada por dos fisioterapeutas da "feliz", según reconoce, sus primeros pasos, mientras una niña con otro pierna amputada la adelanta.
En la sala contigua para varones, el paciente Sher, director de un hotel de provincia, también se muestra optimista con su nueva pierna artificial, después de que la diabetes obligara a amputarle el miembro hace siete meses: "Estoy aquí desde hace dos semanas y estoy mejor, realmente camino mucho mejor que antes", sentencia.
