Usualmente descripta como una penillanura “suavemente ondulada”, abundan en la geografía de Uruguay postales de vacas y ovejas que pastan en verdes praderas; sin embargo en el departamento (provincia) de Rivera, al noreste, un conjunto de cerros chatos anuncia la riqueza que yace debajo.
La fiebre del oro
Es que es allí donde, como cuenta a la Agencia EFE la dueña de la Posada del Minero y encargada del tour “la Ruta del Oro” Edelweiss Oliver, por la década de 1820, cuando el actual Uruguay era la Provincia Cisplatina -ocupada por Portugal-, un hombre encuentra pepitas de oro que, secretamente, guarda en un frasco en su casa.
“Un día lo roban y a raíz de ese robo se empieza a correr la bola de que ahí hay oro. Se empieza a enterar todo el mundo (...) y empieza a venir la fiebre del oro. Se empieza a poblar de aventureros, de gente que no tiene nada para perder en el lugar que está y decide probar suerte”, narra Oliver.
Explicada a los visitantes durante el recorrido, la anécdota del hallazgo inicia una larga historia de minería de oro que, detalla la historiadora local Selva Chirico, se puede dividir en varias etapas.
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Según Chirico, los documentos indican que hasta 1850 hay una explotación “primigenia”, “muy ligada a la ineficacia de quien no sabe lo que está haciendo” y luego “proliferan los artesanos” y surge “una cultura de cateo artesanal” en la que se “batea” en el arroyo para extraer de la arena “pequeñas chispitas” de oro.
Unos 16 años después, describe, aparece un personaje “crucial”, Clemente Barrial Posada, quien emplea a 300 obreros en la zona de los arroyos Corrales y Cuñapirú y da el puntapié para la industrialización de la minería que, con ayuda del militarismo que regía en Uruguay, se consolida cuando un grupo de franceses instala allí una usina.
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