La Feria de Hogueras sigue lanzanda con otra buena corrida de toros y altas dosis de toreo hondo. Morante de la Puebla, que ahora mismo marca el ritmo, la pausa y el precio caro del toreo, dejó primero una lección para paladear y luego una lidia surrealista, en el día que Cayetano se despedía de Alicante con poco brillo.
Morante ha puesto caro el toreo esta temporada y ha renovado esa ilusión que genera cualquier tarde de toros. Esta temporada ha cobrado sentido y la Feria de Hogueras, que va como un tiro, lo está sintiendo en carne viva. Pero hoy, cuando una plaza casi llena esperaba una nueva conmoción morantista, ha sido Manzanares quien se ha reencontrado con su pureza, vestido de azul alicantino y oro, en una tarde redonda de cuatro orejas.
Morante de la Puebla es la mayor representación del arte que se puede contemplar ahora mismo en cualquier espacio escénico. Hay una totalidad artística en toda su manifestación, con el añadido del riesgo intrínseco que aporta la tauromaquia. Puede ocurrir todo, para bien o para mal.
Al primer toro de su lote, Berlineso, Morante lo iluminó con un farol vertical. Lo pretendió torear con una pausa alejada de cualquier concepción temporal. Como en otra dimensión dibujó dos verónicas, una chicuelina inspirada, tal vez, en las viralizadas estos días del Calesero y plantó una media como en una isla desierta para catarlo tras dos varas justas.
Buena brega de Curro Javier para despejar incertidumbres. Bajo la sombra de Gallito Morante brindó a Luis Francisco Esplá. Dos ideólogos del toreo. Dos soñadores. Una misma biblia. Por estatuarios empezó la faena, recostada totalmente en tablas. Luego por abajo la trinchera y la trincherilla. El molinete airoso más de Belmonte y otro que fue una joya con una rodilla en tierra.
¿En qué piensa Morante cuando torea? Es la gran duda, casi que existencial. ¿O es Morante el toreo mismo? Cuando la incertidumbre de la embestida estaba todavía en el aire, Morante ya se había pasado al toro varias veces por la faja, ya tinta en sangre y, tras un desarme al intentar un de pecho, sonreía incluso el genio de La Puebla.
En una baldosa sucedió el toreo ligado con la misma palma. Pureza total. Un farol para rematar una serie tras cambio de mano y el guiño a Esplá: Esto también lo hacías tú. Torear con gracia. El ajuste, el toque imperceptible, el muletazo atrás, el cuerpo encajado, sintiente. Una colada que soportó impávido vino a poner en valor todo lo hecho. Cuando se perfiló José Antonio para unas manoletinas, poco habitual en su repertorio, el de La Ventana cerró. Espadazo y respeto total a la muerte de animal. Fue otra estampa de torería.
En cambio, lo del cuarto era surrealista. Morante y los suyos se empeñaron en que había que devolver al burraco que hacía cuarto. Muy atrancado de atrás si se quiere, pero sin demostrar no mucha más ineptitud para la lidia que cualquier otro de los ejemplares lidiados.
Juan José Domínguez le dio un millón de capotazos tras la primera vara para ver si doblaba las manos. Morante miró al presidente. El toro no se caía. Dos millones de capotazos ya. Y nada. El presidente ni cambiaba el tercio ni sacaba el pañuelo verde. Tres millones de capotazos después la lidia al fin siguió. Morante lo toreó de oreja a oreja y le pegó una casi entera. Entre gritos de torero, torero. Todo tuvo sentido y, a la vez, ninguno.
José María Manzanares tuvo su tarde total y un gran lote. Cristalino, el segundo de la tarde, lo fue en el último tercio y Manzanares, sin tensión aparente, lo gobernó con verticalidad y su clásico empaque. Alto nivel en redondo el temple y esa codicia que parece resistirse, pero que sigue empujando. Hasta que, como si fuese una persona, como el toro anterior, cuando ya estuvo pasado, dijo, me voy de aquí, y se rajó buscando tablas.
Allí siguió a Manzanares plenamente convencido. Su toreo gozó como en los mejores tiempos. Vertical, confiado en el poder sugerente de los vuelos de su muleta por ambas manos. Lo derrumbó de un espadazo de los de siempre. Dos orejas.
Otro doble premio y triunfo completo lo logró Manzanares del quinto. Esta faena de Josemari pivotó sobre el toreo en redondo, mandón sobre la soberbia clase por ahí de Malvaclaro del Puerto de San Lorenzo. Este no tuvo grietas de mansedumbre en su carácter. Ocurrió todo en los medios, deslizado el toreo por abajo, muy largo el trazo. La estocada fue de aquella manera, fulminante.
Cayetano venía a despedirse de Alicante. El tercero de la tarde se llamaba Carretila por no llamarlo carretón. Extraordinario su ritmo y repetición por ambas manos. Cayetano lo toreó a la velocidad que traía por el derecho y cuando cogió la zurda aquello parecía un trapo. Un molinete de rodillas para tapar el borrón se mantuvo fuerte. Y otra vez la intensidad por la mano diestra al ritmo del toro. A la siguiente tanda, cuando exigió toreo de pausa una embestida ya sin inercia, Cayetano se amontonó sin recursos y el toro emprendió la huida. Lo cazó a la segunda de infame puñalada atravesada.
El sexto traía el hierro de La Ventana del Puerto y, oh sorpresa, como sus familiares (primero y segundo), también busco tablas a mitad de faena de forma descarada. Qué cosas. Con lo guapo que era, así engantilladito. Cayetano se permitió alguna serie pausada y despegada sobre la diestra antes de perseguir por las tablas a Rabieta. Tras un pinchazo y estocada tendida, Alicante se despidió con palmas a Cayetano.
FICHA DEL FESTEJO:
Toros del Puerto de San Lorenzo y La Ventana del Puerto (primero, segundo y sexto), una corrida fina, sin exageraciones y buen fondo, aunque con grietas de mansedumbre.
Morante de la Puebla, de verde y oro: estocada (oreja); estocada casi entera y descabello (palmas).
José María Manzanares, azul Alicante y oro: estocada (dos orejas); estocada (dos orejas).
Cayetano, de turquesa y azabache; pinchazo, estocada caída, trasera y atravesada y dos descabellos tras aviso (silencio); pinchazo y estocada tendida (palmas).
Cuarta de abono de la Feria de San Juan y San Pedro 2025 de Alicante. Aforo: casi lleno (11.000 espectadores).
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