Orbán cuenta con el apoyo expreso del gobierno estadounidense de Donald Trump -hoy y mañana recibe en Budapest a su vicepresidente, James D. Vance- y es un referente para la ultraderecha europea, así como para líderes latinoamericanos afines.
Las encuestas independientes apuntan a una posible victoria opositora del partido conservador TISZA, dirigido por Peter Magyar.
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Aunque desde las filas del gobierno confían en que haya sorpresa y se imponga la coalición formada por Fidesz, el partido de Viktor Orbán, y los cristiano-demócratas del KDNP.
Los analistas esperan una participación fuerte, de hasta el 80%, al término de una campaña particularmente intensa.
Denuncias de saboteos
En estas semanas, el servicio de inteligencia fue acusado de intentar sabotear al partido TISZA, y el canciller húngaro, Peter Szijjarto, asumió que defiende los intereses de Rusia en la UE, tal como expuso una investigación de medios europeos basada en el filtrado de conversaciones telefónicas.
El ministro, entre otras cosas, habría aunado argumentos para intentar justificar el levantamiento de ciertas sanciones europeas impuestas a Moscú por la invasión de Ucrania, y habría dicho a su homólogo ruso Serguéi Lavrov: “Estoy a su servicio”.
Orbán arremetió reiteradamente contra Ucrania durante la campaña, y sigue bloqueando un préstamo europeo a Kiev de 90.000 millones de euros, lo que el jefe del gobierno alemán, Friedrich Merz, calificó de “acto flagrante de deslealtad”.
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Energía, clave
El argumento de Budapest viene del lado de la energía: el país dejó de recibir petróleo ruso a través de un oleoducto que atraviesa la vecina Ucrania, y que resultó dañado por los bombardeos de Moscú. El gobierno húngaro acusa al ucraniano de estar tardando adrede en repararlo.
Orbán dirige un país de menos de 10 millones de habitantes, pero goza de una “importancia desproporcionada” a nivel global, resalta Jacques Rupnik, profesor emérito de Sciences Po París.
Visto de fuera, el principal punto en juego para la comunidad internacional está en si Hungría sigue siendo “benevolente” para con los intereses rusos, o si muestra “deseos de recomponer las relaciones con la Unión Europea”, de la que forma parte desde 2004, apunta Rupnik.
