En una entrevista telefónica con EFE desde Tawila -epicentro de uno de los conflictos más devastadores del planeta en la última década-, la matrona canadiense, responsable en el terreno de una unidad médica de la oenegé francesa Médicos Sin Fronteras (MSF), considera que las víctimas "necesitan saber y escuchar que hay esperanza para el futuro y oportunidades".
"Incluso si ahora mismo no pueden verlo o no pueden creerlo. Necesitan también esa parte humana que les recuerde que, a pesar de todo, hay esperanza", refirió, el día que la ONU consagra a la eliminación de la violencia sexual en tiempos de conflicto.
La mujer como arma de guerra es una realidad ante la que la matrona se rebela y, tras tres meses en el terreno, da algunas pistas en las que se puede trabajar.
"Hace falta una atención más integral que alivie la carga logística de las supervivientes, para que no tengan que ir de un lugar a otro teniendo que revivir y volver a contar su historia, lo que les supone un esfuerzo tremendo", explicó Thomas, quien dirige una sección compuesta por una treintena de enfermeras y matronas bajo el paraguas de MSF.
Tras el tratamiento médico recibido por una violación y agresión sexual, el seguimiento psicológico a la víctima es lo más complejo, consideró la trabajadora humanitaria.
"Tras la agresión, se convierten en supervivientes de violencia sexual que siguen siendo vulnerables y, en muchos aspectos, aún más vulnerables. Por eso, a veces asumimos que estamos tratando un evento del pasado, cuando la realidad es que la paciente no está necesariamente estable ni a salvo en el presente", anotó.
Para la matrona, la violencia sexual en zona de conflicto "va mucho más allá del tratamiento médico inmediato".
"A menudo hay otras necesidades. A la parte psicosocial se suma un acceso inestable a los alimentos durante la guerra o a la falta de suministro de productos básicos, ropa y vivienda segura".
Thomas, de 34 años y residente en Hamilton (Ontario, Canadá), tiene aún por delante dos semanas antes de que su misión termine en Sudán.
"Cuando eres la coordinadora de matronas, te llaman como cuatro noches a la semana; pasas la noche en vela atendiendo llamadas. Así que es una misión muy agotadora", resaltó.
Agotadora y estresante, pero gratificante a la vez. "Siento que en este tipo de trabajo el velo que te separa de la otra persona se levanta. Y, entonces, la humanidad se siente mucho más cruda y mucho más real. Y ese me parece un lugar muy especial".
