"Ha sido tan intenso que me va a llevar un tiempo recordar y rememorar todos estos momentos", relata a EFE el pianista en Tokio, una de sus ciudades favoritas para dar recitales, recién llegado de pisar por primera vez la isla nipona de Okinawa.
Después de múltiples giras en el país asiático, salas llenas, más de 25.000 espectadores en su anterior visita y un público que lo recibe casi como a una estrella, el asturiano cierra en los próximos días su octava gira por el archipiélago, al que ya considera como su "segunda casa".
A sus 29 años es el único español que ha subido al podio del Concurso Internacional Chopin en 2021, además de ser ganador ese mismo año del prestigioso certamen de Cleveland. Vive en Varsovia, aunque calcula que pasa en su casa tres meses al año. El resto del tiempo lo pasa viajando, con Japón como su destino favorito.
Hay algo en las salas japonesas que García no encuentra en ningún otro lugar, y que describe como una tensión que se puede cortar con un cuchillo. "En Europa o en otras partes del mundo se empieza a respetar al artista según avanza el concierto, pero en Japón todo llega desde el minuto uno", describe.
Una sensación que hace que el momento sea "mucho más intenso", y da lugar a momentos de conexión absoluta con la audiencia, explica el pianista, que ve en esa cultura del silencio algo que va mucho más allá del respeto.
No es casualidad, explica, que el 80 % de los finalistas del último Concurso Chopin fueran de países asiáticos. "Tienen una educación por la música mucho más alta", subraya García, que ve cómo en estos países aprender un instrumento es tan común como aprender matemáticas.
"La música europea tiene un valor cultural tan alto que merece ser enseñada a los chicos desde los cinco o seis años", dice, y señala que en España esa asignatura sigue pendiente.
Aprender una pieza, explica, puede llevarle desde un día hasta quince años, no porque la técnica lo exija sino porque hay obras a las que prefiere no acercarse hasta sentir que está listo.
Un ejemplo es la Sonata de Liszt, que ahora lleva en su repertorio japonés y que pronto sonará también en España. Una partitura que le ha costado 15 años poder tocarla, esperando pacientemente a "tener la madurez precisa".
"Un 99 % está entre las notas", resume cuando habla de dónde vive realmente la magia de un concierto. "Cuando el martillo toca la cuerda y el sonido se produce, yo ya hice todo mi trabajo antes", explica, describiendo que es precisamente en la pausa que deja, la nota que no toca, donde está la clave de la música.
García tampoco pone etiquetas a la música. "La gran música es gran música y a veces no va de estilo", relata el asturiano, que también aprecia composiciones del japonés Koji Kondo, compositor de temas para los conocidos videojuegos Super Mario y The Legend of Zelda, quien también basó su música en principios del jazz o la clásica.
Con el reguetón y el actual fenómeno del artista puertorriqueño Bad Bunny, sin embargo, traza una línea, no de calidad sino de intención. "Es un tipo de música pensada para no pensar en ella", explica, una música sin melodías sobre ritmos sencillos que convierte la experiencia musical en algo "secundario y de fondo".
"Prefiero que la música nos haga reflexionar sobre cosas que pueden llegar a ser importantes", dice, antes de reconocer que, a veces, también le apetece ponérselo en los auriculares y dejarse llevar, "como todo el mundo".
