"Este año esperamos unas precipitaciones un 17 % inferiores a la media durante la temporada", informó a EFE el jefe de Meteorología de la División de Predicción de Inundaciones de Pakistán, Zaheer Babar.
Según precisó el experto, la primera ola organizada de lluvias comenzará a barrer la mayor parte del país entre el 1 y el 6 de julio y se extenderá hasta septiembre.
La alerta por la inminente llegada de estas tormentas, alimentadas por corrientes húmedas del mar Arábigo y la bahía de Bengala, llega después de dos meses de calor abrasador en casi todo el territorio.
Las temperaturas alcanzaron un pico de 51,5 grados a finales de mayo en el distrito de Dadu, en la provincia sureña de Sindh, mientras que esta misma semana ciudades del suroeste del país, como Nokkundi o Sibbi, seguían registrando entre 46 y 48 grados.
A pesar de la previsión de un monzón globalmente por debajo de la media, las autoridades meteorológicas han emitido alertas por riesgo de lluvias intensas e inundaciones repentinas localizadas en áreas urbanas durante los primeros días de julio.
Pakistán se encuentra en una situación de extrema vulnerabilidad ante estos cambios bruscos. Las inundaciones provocadas por el monzón de 2022 causaron más de 1.700 muertos, afectaron a 33 millones de personas y generaron pérdidas superiores a los 30.000 millones de dólares.
La crisis se repitió a menor escala el año pasado, con un millar de fallecidos, y obligó al país a declarar el estado de emergencia climática y agrícola.
El monzón es una temporada crucial para Pakistán porque aporta el agua necesaria para irrigar cultivos y sostener la agricultura nacional, pero también puede convertirse en una amenaza cuando las lluvias se concentran en poco tiempo o golpean zonas urbanas y rurales vulnerables.
En un país marcado por sequías, olas de calor e inundaciones cada vez más extremas, tanto el exceso como la falta de lluvia pueden tener efectos graves sobre la seguridad alimentaria y la economía.
