A kilómetros de allí, Bidhya Devi Dangol llevaba esos mismos días negándose a creer a quienes le repetían que su primo Kabir Maharjan no podía seguir vivo. "Me decían: 'Nadie puede sobrevivir ahí dentro, no va a salir'. Me daban ganas de pegar a quienes decían esas cosas", contó a EFE la mujer, de 60 años, que corrió al Hospital Militar Birendra de Katmandú cuando supo que Maharjan era el segundo hombre que había salido con vida del túnel.
Todavía faltaban entre 50 y 60 metros cuando los rescatistas consiguieron establecer contacto con los trabajadores. Les pidieron que no se movieran y mantuvieran la calma y, desde el interior, alguien respondió “okay”. Hacía días que los equipos trataban de abrirse camino hacia ellos y necesitaron aproximadamente hora y media más desde aquel primer intercambio para alcanzar primero a Sah y después a Maharjan, en el conducto que conduce hacia la central subterránea.
La riada había enterrado la entrada bajo unos 25 metros de barro, piedras y escombros que terminaron compactándose “como roca”, según el portavoz del Ejército nepalí, Raja Ram Basnet. Solo recuperar el acceso llevó casi seis días.
Cerca de 93 efectivos y especialistas participaban entonces en una operación que recurrió a excavadoras, compresores, perforadoras y explosivos para superar los grandes bloqueos. Una vez dentro, el avance tampoco era limpio: había agua y material acumulado y, en algunos puntos, el espacio era tan reducido que los rescatistas no podían trabajar de pie.
Cuando llegaron hasta los dos hombres, Sah salió primero, consciente y cubierto de barro. Consiguió incorporarse con ayuda y terminó cargado a la espalda por uno de los rescatistas. Maharjan fue sacado después y hacia las 9.20 de la mañana ambos estaban fuera, diez días después de quedar atrapados por la riada del 26 de agosto.
Al principio ninguno habló. Después los dos rompieron a llorar, según relató el teniente coronel Ganga Baral, jefe de la operación de rescate, encabezada por el Ejército nepalí con participación de la Policía Armada, la Policía de Nepal y técnicos de la Autoridad de Electricidad.
Para Sah, aquellos nueve días habían comenzado con una decisión tomada antes de que el túnel quedara cerrado. Trabajaba en la sala de control cuando supo que había ocurrido un accidente en la presa principal y comenzó a avisar a los demás para que escaparan.
“Mi responsabilidad era salvar la vida de todos. Después de un accidente así, no podía simplemente huir solo. Tenía que salvar a todos”, relató a un equipo del Ejército tras el rescate.
“Les dije a todos que había ocurrido un accidente en la presa principal y les pedí que escaparan. Para cuando hice eso, perdí mi oportunidad de salir. Al final, no pude escapar”.
Sah calculó que podían encontrarse entre 40 y 45 personas trabajando entonces en el complejo. Ya atrapado, recitó el Mahamantra y gritó para comunicarse con otros trabajadores a los que no podía ver.
“De aquellos con los que pudimos contactar, había solo tres o cuatro personas. Podíamos escucharlos cuando gritábamos”, explicó.
Tampoco sabía qué había ocurrido con quienes podían encontrarse más adentro, hacia la central subterránea. “El túnel es muy largo. Incluso si estaban dentro del túnel, la fuerza del agua pudo haberlos llevado más hacia el interior”.
Ese relato hizo que la búsqueda continuara después de sacar a los dos hombres. Equipos del Ejército y de la Policía Armada recorrieron todos los sectores a los que podían acceder, pero no encontraron más supervivientes ni volvieron a escuchar voces. Hallaron un cuerpo sin vida.
La dirección de Trishuli 3A pidió después valorar el cierre de la operación, todavía pendiente de una inspección final junto a personal técnico.
Bidhya tampoco sabía todavía cómo había sobrevivido Kabir. Cuando habló con EFE en el Hospital Militar Birendra ni siquiera le habían permitido verlo y llevaba apenas unas horas intentando asimilar que el hombre al que durante nueve días le habían dicho que no esperara había salido del túnel.
“Una mitad de mi corazón me decía que no le iba a pasar nada, que iba a sobrevivir. Pero hasta que salió…”, dijo sin terminar la frase.
“Estamos tan felices que no hay límite. Solo estamos un poco tristes porque no nos dejan verlo”.
La noticia que recibió después fue menos tranquilizadora. Maharjan había sido ingresado en cuidados intensivos en estado crítico y se informó de que no podía mover brazos ni piernas. Sah, en cambio, permanecía estable.
Amir Maharjan, hermano de Kabir, describió a EFE que hubiera aparecido vivo como “un milagro”.
Sah y Maharjan son dos de las más de 13.000 personas rescatadas o puestas a salvo desde una catástrofe que ha dejado al menos 1.287 muertos y 5.083 desaparecidos en Nepal.
Entre quienes todavía no han sido localizados hay alrededor de 900 trabajadores de proyectos hidroeléctricos. En otros túneles, los equipos continúan perforando bloqueos y tratando de abrir pasos para llegar a lugares donde creen que algunos pudieron refugiarse, sin saber todavía si encontrarán a alguien con vida.
