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Un libro explica la relación de amor-odio con la cosmética para perpetuar la juventud

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Madrid, 13 sep (EFE).- Bótox, ácido hialurónico, radiofrecuencia, 'liftings', cremas antiedad: estar al tanto de los nuevos tratamientos se ha convertido, a partes iguales, en salvación y condena para millones de personas que desean que su rostro y su cuerpo no muestren el paso del tiempo, a lo que también se apuntan los jóvenes cada vez más.

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La escritora y periodista española Leticia Sala ha transformado el célebre verso del grupo de rumba flamenca Los Chunguitos 'Dame veneno, que quiero morir' en el título 'Dame veneno, que quiero vivir' (Anagrama) de un libro que habla del amor-odio que hace dependientes de la cosmética a muchas personas para perpetuar la apariencia de juventud a cualquier precio.

Un texto que nace de observar una realidad "inquietante", explica a EFE la autora.

"Es una pura contradicción, queremos seguir siendo jóvenes, pero al mismo tiempo odiamos depender de la cosmética", e incide en que nadie se salva de la presión estética, de una mano invisible que nos va guiando a medida que aumentamos la relación con el envejecimiento.

Es algo, aduce, que no tiene fin porque la cosmética siempre apunta a que "te falta algo más", y remarca que la relación con las arrugas y el paso del tiempo podría ser un lugar más amable.

"La lucha contra el paso del tiempo es una batalla perdida de antemano", que no tiene que ver con desear tener una piel bien cuidada, comenta.

Por ello, pone límites entre esa "esclavitud" y cuando algo es "deseable y bonito". Cita como ejemplo una mascarilla nocturna que llena de "placidez y descanso" el rostro, pero "una rutina deja de ser placentera cuando es autoimpuesta".

Sala atribuye a un efecto dominó madre-hija el hecho de que las mujeres más jóvenes entren cada vez antes en la tiranía estética. "La presión es grande, hay mensajes que se dirigen directamente a ellas", dice, y, además, advierte del peligro que conlleva que absorban lo que ven en casa.

"Las madres son el espejo más cercano y no es inocuo", subraya. En los años noventa fueron las dietas -recuerda-, los 2000 son territorio del "skincare".

La escritora señala que el interés de los hombres en el cuidado de la piel está vinculado a presentar mejor imagen en el trabajo, mientras que en las mujeres abarca un espectro mayor.

Sala reseña que, en el ámbito femenino, se da una circunstancia añadida: la maternidad.

"En un determinado momento nos hace invisibles en favor de la atención que el entorno presta al bebé", una época en la que "pierdes la mirada social y tu identidad".

Sin embargo, se produce un cambio cuando los niños crecen y hay un reencuentro con el cuidado de una misma porque "a la industria cosmética no le interesa que vivamos desde lo espiritual, sino desde lo comercial", agrega.

A ello se añade un deseo personal de recuperar el tiempo y tener una imagen atractiva. Es entonces, dice la autora, cuando entran en juego el botox, el 'lifting' o los hilos tensores.

Leticia Sala asegura que el mayor fracaso sería caer en juzgar a esa mujer que opta por los tratamientos, así que "cada uno haga lo que quiera, lo que puede y lo que le apetece", concluye.

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