“Estoy tan emocionada porque muchas personas sueñan con estar en mi lugar”, contó Eni, una indonesia de 47 años, que porta un velo de color beige.
“Nos sentimos más religiosos cuando nos vamos de este lugar”, contó. Indonesia, el país musulmán más poblado del mundo, también es el que más peregrinos envía para el hach.

En el aeropuerto de Yeda, a 80 kilómetros al oeste de La Meca, decenas de miles de indonesios franquean la puerta dispuestos a llevar a cabo el hach. Eni, absorta en su lectura del Corán, ignora el alboroto que la rodea y el calor aplastante. “Después de mi primera peregrinación sentí que quería volver para sentirme más conectada”, dijo en referencia al profeta Mahoma. Después, vuelve a centrarse en el libro sagrado.
El hach es uno de los cinco pilares del islam, un viaje que todo musulmán que tenga los medios debe hacer al menos una vez en su vida. “Este año esperamos cerca de dos millones de peregrinos”, dijo a la AFP Abdelmajeed Mohamed Al Afghani, director del organismo que se encarga del hach y de la umra (la peregrinación en otras épocas del año) .

En la zona de llegadas del aeropuerto, los peregrinos caminan raudos y atentos para no perder al resto del grupo. “Estoy tan contento de ser parte de esto este año”, dijo Mohammed Said, un nigeriano de 43 años, vistiendo el “ihram”, el traje tradicional que usan los hombres para este rito.
“Quiero poder hacerlo todos los años en los que pueda permitírmelo” , agregó Said, quien acude por tercera vez. “Cada vez es diferente, es como hacerlo por primera vez”.
Para Zeghidour, este viaje hace que los peregrinos experimenten un sentimiento colectivo. “El peregrino tiene que correr, moverse y cumplir con varias etapas” del ritual. “Es tan absorbente a nivel físico y mental que no hay tiempo para pensar en la crisis del Golfo”, dice.
El autor contó que muchos peregrinos vienen desde Asia o África y llegan a un lugar donde pueden intentar olvidar los sufrimientos en sus países de origen. Para muchos peregrinos esto incluye los temores de ataques yihadistas, especialmente para quienes vienen de países como Irak o Siria.
Pero esta amenaza no ha disuadido a Fatima, originaria de Perpiñán, en el sur de Francia. “He estado esperando hacer este viaje durante mucho tiempo”, dijo la mujer, que lleva un velo rojo, como el resto del grupo con el que viaja.
