En el marco de la celebración de la Paz del Chaco vivida en estos días, quiero comentar sobre algunos hechos históricos publicados en medios argentinos, y que nos tocan por ser también parte de nuestra historia. Me refiero a la estrategia que se siguió para llegar al Premio Nobel de la Paz en aquel entonces.
El primer Premio Nobel argentino fue otorgado al entonces canciller del gobierno de Agustín P. Justo, Carlos Saavedra Lamas. Esta distinción estuvo envuelta en una serie de intrigas y negociaciones hoy bien dilucidadas, que cuestionan ese logro. Investigaciones recientes llevadas a cabo por estudiosos argentinos han puesto de relieve los manejos políticos las manipulaciones diplomáticas y las presiones sobre países, hombres e instituciones, realizadas por Saavedra Lamas. Un desmedido afán de protagonismo lo llevó a no medir muchas de sus posturas incoherentes, mientras que una vanidad indisimulable comprometió a su país en una gestión que lo tuvo como único beneficiario.
Después de tantos esfuerzos que movilizaron a todo un ministerio, y de la intensa actividad desplegada por el canciller para obtener el Premio Nobel, se llegó a un triste final de historia. El destino final de la magnífica medalla y el diploma que pertenecieron a la Nación Argentina, años después, fue impensado. Carlos Roque Saavedra Lamas, hijo del canciller, negoció la venta de la medalla en un comercio de venta de oro de la Calle Libertad de Buenos Aires.
Previa acreditación de su precedencia se compró la pieza por su peso en oro en la suma de US$ 2.000. El comerciante la vendió a un coleccionista de Estados Unidos en casi 9 veces el valor de compra. El oro y el barro, la agonía y el éxtasis, la abundancia y la miseria, completaban el círculo y se volvían a tocar. Todo esto a costa de dos naciones que se desangraron en el campo de batalla, y que se acercaron a la mesa de negociaciones para firmar la paz.
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Heriberto Florentín