Muchas veces sí, otras no, pues la vida me ha enseñado, es decir, lo he sentido en carne propia, que el caudal de experiencia depende del grado de intensidad de los sucesos y apremios de toda índole que uno haya tenido desde su nacimiento hasta la fecha que se hace necesaria la utilización de algunas de ellas, ya sea para aconsejar a alguien o para que uno mismo tome decisiones correctivas en su conducta personal.
Generalmente los apremios de la vida que te obligan a sortear los obstáculos son los que resultan en experiencias que se pueden ejemplificar al servicio de otro o de uno mismo.
Pido me disculpen, no es mi deseo discriminar, ni tampoco soy un resentido, apenas quiero conceptuar el tema con base en mi modesta experiencia adquirida, de lo que viví, y observando las vivencias de las personas de mi entorno laboral, gremial y de otras actividades desplegadas en el pasado y las que sigo desplegando, gracias a Dios, no sé hasta cuándo.
Concluyo con un sencillo ejemplo: una persona de 40 años que no tuvo tantos vaivenes negativos en la vida y tuvo un buen pasar económico durante sus años gracias a la fortuna de sus padres y no lo aprovechó, no puede poseer un caudal de experiencias positivas igual al de una persona de la misma edad con padres no pudientes materialmente, que se abrió caminos con sacrificio de él, sus padres y, si fuera casado, el de su propia familia.
Las buenas y beneficiosas experiencias, sin generalizarlas, son las adquiridas por las personas que pertenecen al segundo grupo de mi comparación. Por todo esto aquel dicho “nació entre algodones”.
Casi siempre la comodidad y facilidad impulsan a la debilidad humana hacia el ocio o a no esforzarse para obtener el objetivo deseado. Por todo esto pienso que “más edad no siempre es sinónimo de más experiencia”.
Heraldo Rojas