¿De dónde viene la palabra “mascota”? Un viaje etimológico al origen de nuestro vínculo animal

Un perro adorable con anteojos.
Un perro adorable con anteojos.Shutterstock

En la actualidad hablar de “mascotas” remite de inmediato a perros, gatos y otros animales que duermen en el sofá y tienen perfil en redes sociales. Pero la historia de la palabra no nació en la clínica veterinaria ni en las tiendas de balanceados, sino en un territorio mucho más inesperado: el mundo de los hechizos, los talismanes y la buena (o mala) suerte.

Hoy, para millones de personas, “mascota” es casi sinónimo de “miembro de la familia”. Sin embargo, su origen lingüístico cuenta otra cosa: durante siglos, la palabra no designó animales de compañía, sino objetos, personas o incluso seres sobrenaturales asociados con la fortuna.

De brujas y talismanes: el origen francés y provenzal

La Real Academia Española (RAE) define “mascota” en su primera acepción como: “Persona, animal o cosa que trae buena suerte”. Solo en segundo lugar añade lo que hoy muchos considerarían lo principal: “Animal de compañía”. Ese orden revela una historia que la etimología confirma.

Un perro y su tutora.
Un perro y su tutora.

Según la propia RAE, “mascota” viene del francés mascotte, un término popularizado a finales del siglo XIX. Pero la pista no termina ahí.

Mascotte parece derivar a su vez del provenzal —la lengua histórica del sur de Francia—, donde existía mascoto con el sentido de “hechizo” o “encantamiento”, relacionado con masco, “bruja” o “espíritu maligno”.

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Más atrás aún, muchos etimólogos vinculan esa familia de palabras con el latín medieval masca, que significaba “bruja”, “espectro” o “ente enmascarado”.

Es decir, durante siglos, el campo semántico que rodea a “mascota” estuvo muy alejado de cualquier idea cariñosa hacia un perro o un gato: se movía entre la magia, la superstición y la protección frente a lo desconocido.

La ópera que cambió el destino de la palabra

El salto decisivo hacia el uso moderno se produjo en Francia, en un lugar tan poco zoológico como un teatro de ópera.

En 1880, el compositor Edmond Audran estrenó en París la opereta La mascotte, cuya protagonista era una joven campesina que tenía un don: traía buena suerte a quien la tenía cerca, siempre que permaneciera casta.

Perro en su carrito.
Perro en su carrito.

El éxito fue enorme, y con él se popularizó el término mascotte para designar a personas, animales u objetos considerados portadores de buena fortuna. A partir de ahí, el concepto se fue despejando de sus connotaciones oscuras de brujería y se consolidó como un sinónimo casi amable de “talis­mán viviente”.

En el lenguaje coloquial francés de finales del XIX y principios del XX, la mascotte podía ser un soldado que nunca resultaba herido, un niño al que se atribuía la victoria de un equipo o incluso un animal que acompañaba a un grupo y al que se le atribuía suerte.

De este caldo de cultivo cultural y lingüístico surgiría la “mascota” que hoy conocemos.

El salto al español: del amuleto al cuartel y al estadio

El castellano adoptó “mascota” a finales del siglo XIX desde el francés, primero con un significado prácticamente calcado: “objeto, persona o animal que trae buena suerte”.

Perros y gatos.
Perros y gatos.

En la prensa de principios del siglo XX empiezan a encontrarse usos donde “mascota” aparece para describir:

  • Animales que acompañan a regimientos militares y se convierten en símbolo del grupo.
  • Niños o personajes “afortunados” asociados a equipos deportivos.
  • Objetos fetiche que se mencionan como “la mascota de tal torero”, “la mascota del boxeador” o “la mascota de la compañía”.

El giro hacia el ámbito animal se fue consolidando sobre todo en contextos colectivos: regimientos, barcos, clubes deportivos. Ese perro que siempre estaba en el cuartel, la cabra que desfilaba con el regimiento o el gato del bar del estadio empezaron a ser “la mascota” del grupo.

No eran “animales de compañía” en el sentido íntimo y doméstico actual, pero ya eran figuras animales con un valor simbólico y afectivo.

De símbolo de suerte a animal de compañía

A lo largo del siglo XX, un cambio social de fondo empujó también el cambio semántico.

Perro y gato con sus tutores.
Perro y gato con sus tutores.

La urbanización, la reducción del trabajo agrícola y el aumento del nivel de vida en muchas ciudades transformaron profundamente el vínculo entre personas y animales.

Perros y gatos dejaron de ser solo herramientas de trabajo —guardianes, pastores, cazadores de ratas— para convertirse, cada vez más, en compañeros afectivos dentro del hogar. La lengua siguió esa evolución.

Mientras las expresiones más técnicas (“animal doméstico”, “animal de compañía”) se usaban en contextos legales o veterinarios, el habla cotidiana fue colonizada por el término “mascota”, que traía consigo una carga emocional muy potente:

  • Conservaba la idea de especialidad afectiva: no es cualquier animal, es “el mío”.
  • Arrastraba todavía, de forma difusa, esa noción de suerte, protección y buen augurio asociada al animal querido.

Así, poco a poco, “mascota” dejó de ser principalmente un amuleto para convertirse en lo que hoy es para la mayoría: el animal que comparte el hogar, el tiempo y, cada vez más, el duelo cuando muere.

Diferencias entre idiomas: ¿por qué en inglés no es lo mismo?

El viaje de la palabra no fue igual en todas partes. El inglés tomó del francés el término mascot, pero lo fijó casi exclusivamente en el sentido de:

Figura, persona o animal que representa a un grupo (normalmente deportivo o institucional) y al que se atribuye suerte.

Un perro y su tutora.
Un perro y su tutora.

En inglés, a un perro que vive en casa con una familia rara vez se le llama mascot; es sencillamente un pet. En español, en cambio, “mascota” abarca dos dimensiones a la vez:

  1. El animal emblema de un equipo, marca o institución (la mascota de los Juegos Olímpicos, la mascota de un club de fútbol).
  2. El animal de compañía que vive con una persona o familia.

Este doble uso es una huella viva de la evolución que llevó de la “mascote” francesa talismánica a la “mascota” entrañable de hoy.

Lengua y sensibilidad: de cosa afortunada a ser sintiente

El desplazamiento del significado de “mascota” no ha sido solo cuestión de diccionario. Refleja un cambio profundo en cómo las sociedades occidentales perciben a los animales.

En España, reformas legales recientes han reconocido a los animales domésticos como “seres sintientes”, y los debates públicos los consideran cada vez más como sujetos de bienestar y no como simples objetos. Sin embargo, el propio origen del término “mascota” recuerda una tensión que aún sigue presente:

  • Nace de la idea de algo que “trae suerte” a los humanos.
  • Hoy se usa para designar a seres que, en muchos discursos, ya no deberían reducirse a su utilidad o función para las personas.

En otras palabras, la historia de la palabra revela la transición desde el animal-objeto protector o afortunado hasta el animal-sujeto, compañero emocional y, a veces, incluso heredero en testamentos.

Un talismán que cambió de rostro

Preguntarse de dónde viene “mascota” es asomarse a un viaje que atraviesa brujas medievales, talismanes provenzales, operetas parisinas, cuarteles, estadios de fútbol y, finalmente, salones con mantas y rascadores.

Lo que hoy millones de personas pronuncian al decir “mi mascota” —con fotos en el celular y visitas al veterinario— conserva, escondida en sus sílabas, la sombra de un origen mágico: aquello que nos protege, nos acompaña y, de algún modo, parece mejorar nuestra suerte.

Quizá por eso la palabra ha sobrevivido y se ha fortalecido. Porque más allá del cambio de significados, algo permanece: la intuición de que, en nuestra relación con ciertos animales, hay algo que nos hace sentir menos solos frente al azar del mundo. Un antiguo talismán, convertido en compañero.