El depredador que no parece un depredador
A diferencia de los grandes carnívoros, los gatos domésticos no inspiran miedo. Se muestran afables, juguetones, dormitan al sol. Pero bajo esa apariencia, mantienen casi intacto el instinto cazador de sus ancestros.

Estudios en distintos países coinciden en un dato incómodo: la mayoría de los gatos que salen al exterior cazan, incluso si tienen comida de sobra en casa. La motivación no es el hambre, sino el comportamiento predatorio innato.
En Estados Unidos, un estudio clásico publicado en Nature Communications estimó que los gatos domésticos —ferales y con propietario— matan cada año entre 1.300 y 4.000 millones de aves y entre 6.300 y 22.300 millones de pequeños mamíferos. No son cifras extrapolables tal cual a España o América Latina, pero dan una idea de la magnitud del fenómeno.
En contextos insulares, el panorama es aún más grave. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) incluye al gato doméstico entre las 100 peores especies exóticas invasoras del mundo.
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En islas del Pacífico, Atlántico y Mediterráneo, los gatos han contribuido a la extinción o declive severo de aves marinas, reptiles y pequeños mamíferos que evolucionaron sin grandes depredadores terrestres.
“Para muchas aves urbanas, reptiles y pequeños mamíferos, el mayor depredador en su entorno no es el halcón ni la zorra: es el gato doméstico”, resume un ecólogo urbano.
El impacto invisible en la fauna de barrio
Los dueños rara vez son conscientes de la magnitud de la caza. Algunos gatos llevan las presas a casa, pero muchos las matan y las dejan donde caen. Investigaciones con collares con cámara han revelado que los propietarios solo llegan a ver una pequeña fracción de las capturas.

Para la biodiversidad local, la presión es constante. Entre las víctimas típicas están:
- Aves pequeñas que anidan o se alimentan en el suelo o en arbustos bajos
- Pequeños mamíferos: ratones silvestres, musarañas, murciélagos.
- Reptiles y anfibios: lagartijas, ranas.
El argumento de que los gatos “controlan las ratas” tampoco resiste demasiado el escrutinio. Los estudios muestran que prefieren presas más pequeñas, lentas y fáciles de capturar.
En muchos casos, al reducir a los pequeños depredadores nativos (como algunas aves insectívoras o rapaces pequeñas), los gatos pueden incluso alterar cadenas tróficas y favorecer plagas de insectos o roedores en el largo plazo.
La presión se agrava en zonas donde las poblaciones de fauna ya están debilitadas por otras amenazas: pérdida de hábitat, contaminación lumínica, pesticidas, tráfico rodado. Un barrio con pocos árboles y parques fragmentados no soporta bien que una parte de sus aves y pequeños vertebrados mueran, día tras día, por la acción combinada de decenas de gatos locales.
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Gatos “de casa” vs. gatos ferales: un falso dilema
La discusión pública suele polarizarse entre “colonias felinas” y “gatos domésticos que salen un rato”. La evidencia, sin embargo, indica que ambos perfiles contribuyen al problema, aunque de manera diferente.
Los gatos ferales —sin contacto estrecho con humanos, que viven y se reproducen en la calle— suelen ser más numerosos por colonia y dependen en mayor medida de la caza para sobrevivir. Su impacto depredador es, proporcionalmente, muy alto.
Pero los gatos con propietario tienen una ventaja ecológica decisiva: acceso continuo a alimento, atención veterinaria y refugio. Esto les permite mantener densidades poblacionales que, sumadas, superan lo que podría sostener un entorno natural.
Y cada gato “bien cuidado” que deambula fuera es, en términos ecológicos, un superdepredador subvencionado.
En zonas urbanas densas, donde las colonias felinas suelen gestionarse (con esterilización y alimentación en puntos fijos), los gatos con dueño pueden llegar a representar una parte muy significativa de las muertes de fauna local.
Viven muchos años, gozan de buena salud y pasan más tiempo del que sus dueños creen patrullando patios, solares y jardines.
No es solo biodiversidad: enfermedades y bienestar animal
El coste de dejar salir al gato no se limita a la fauna salvaje. Afecta también a la salud pública, al bienestar del propio animal y a otras personas.
Los gatos que deambulan libremente tienen mayor riesgo de:
- Contagiar y transmitir enfermedades como toxoplasmosis, bartonelosis o hongos.
- Sufrir atropellos, envenenamientos, malos tratos o peleas con otros animales.
- Desaparecer o ser adoptados por otra familia que lo crea abandonado.
La toxoplasmosis, en particular, plantea un problema más amplio. El parásito Toxoplasma gondii se reproduce en el intestino de los gatos, cuyos excrementos pueden contaminar suelos, huertos urbanos y cursos de agua.
Este patógeno afecta a humanos —especialmente a embarazadas e inmunodeprimidos—, pero también a fauna silvestre, desde marsupiales en Australia hasta mamíferos marinos en otros continentes.
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Paradójicamente, el discurso de “dejarlo salir para que sea feliz” suele pasar por alto que, según la mayoría de organizaciones veterinarias, los gatos que viven exclusivamente en interiores, bien estimulados, tienden a vivir más años y con menos enfermedades y traumas que los que salen sin control.
El choque cultural: del “gato libre” al “gato responsable”
En países como Estados Unidos, Canadá o Reino Unido, el debate sobre los gatos de exterior lleva más tiempo instalado en la agenda pública. En los últimos años han surgido normativas municipales que restringen el libre tránsito de gatos en determinadas zonas sensibles para la fauna, o incluso obligaciones de mantenerlos dentro de casa, similares a las que aplican a los perros.
En el mundo hispanohablante, la idea de que el gato “necesita salir” sigue profundamente arraigada. A menudo se asocia el interior con encierro o crueldad. Al mismo tiempo, las políticas públicas se concentran casi siempre en las colonias felinas, mientras el impacto de los gatos con dueño apenas se discute.
“Tenemos muy claro que no se puede soltar un perro a que persiga fauna, pero nos cuesta mucho aplicar el mismo criterio a los gatos, quizá porque su depredación es más silenciosa y socialmente idealizada”, apunta una bióloga especializada en conservación urbana.
Para muchos propietarios, enterarse del impacto ecológico de su mascota provoca resistencia, incredulidad o culpa. No ayuda que parte del debate se dé en términos moralistas (“buenos” y “malos” dueños), en lugar de basarse en datos y alternativas prácticas.
Cómo compatibilizar bienestar felino y biodiversidad
El dilema central para muchos dueños es real: quieren proteger la fauna, pero también creen que su gato “no puede vivir entre cuatro paredes”. La ciencia del comportamiento felino y la experiencia de países con más tradición de “gato indoor” ofrecen pistas para un punto de encuentro.
Algunas claves:
- Enriquecer el entorno interior: rascadores, estructuras en altura, escondites, juguetes interactivos y juegos de caza simulada (varitas con plumas, pelotas, circuitos de comida) reducen el estrés y canalizan el instinto de caza.
- Diseñar espacios seguros semi-exteriores: balcones y terrazas con redes o mallas, patios cerrados o “catios” (galerías para gatos) permiten el contacto con el exterior sin acceso a la fauna.
- Evitar el acceso libre y sin supervisión: si se decide permitir salidas, limitar horarios (por ejemplo, evitar amanecer y atardecer, cuando las aves están más activas) y supervisar en la medida de lo posible.
- Esterilizar sistemáticamente: además de reducir abandonos y camadas no deseadas, suele disminuir la tendencia a vagabundear.
Experiencias en ciudades europeas y norteamericanas muestran que muchos gatos se adaptan bien a una vida mayoritariamente interior cuando el cambio se hace de forma gradual y con un entorno rico en estímulos. El reto es, más que “encerrar” al gato, aprender a ofrecerle una vida plena sin costo para la fauna vecina.
La decisión incómoda pero necesaria
Detrás de cada gorrión que desaparece de los cables, de cada lagartija que ya casi no se ve en un patio soleado, hay un mosaico de causas: urbanización, pesticidas, luces nocturnas… y también gatos.
Aceptar que el “michi” que dormita en nuestro sofá puede ser, al cruzar la puerta, una amenaza para la biodiversidad local resulta incómodo. Implica asumir parte de una responsabilidad que preferiríamos atribuir solo a “otros”: grandes empresas, administraciones, cazadores, agricultores.
Sin embargo, es precisamente en esa intersección entre afecto y evidencia donde se juega una de las batallas más discretas —y más decisivas— de la conservación urbana.
Cambiar la forma en que entendemos la “libertad” de nuestros gatos no es una cruzada contra ellos, sino una apuesta por compatibilizar su bienestar con el de los ecosistemas que todavía sobreviven, frágiles, en nuestras ciudades y pueblos.
No se trata solo de “¿quiero que mi gato sea libre?”, sino también de “¿quién paga el precio de esa libertad?”. Y, sobre todo, si estamos dispuestos a que sean siempre los mismos: las aves que ya casi no oímos cantar, los reptiles que ya apenas vemos correr y los pequeños mamíferos que sostienen, silenciosamente, la vida en nuestros entornos.
