Psicólogos consultados señalan que la presencia de una mascota, sobre todo de un perro, introduce tres elementos clave en la vida diaria: rutina, contacto físico y sentido de propósito.
Sacar al perro a la calle obliga a mantener horarios y a salir de casa, algo especialmente importante para personas mayores, desempleadas o que trabajan desde casa.

“Solo el hecho de vestirse, caminar unos minutos y ver otras personas ya marca una diferencia en el estado de ánimo”, explica una psicóloga clínica especializada en ansiedad y depresión.
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El contacto físico también cuenta. Acariciar a un perro puede reducir la tensión y generar sensación de calma. Diversos estudios han observado que esa interacción puede disminuir niveles de estrés y favorecer la relajación.
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Menos silencio, más vínculo
En las ciudades, la vida puede ser ruidosa y, al mismo tiempo, muy solitaria. Un perro no sustituye a la familia ni a los amigos, pero sí reduce la sensación de casa vacía.

Muchas personas con depresión describen una especie de “parálisis”: les cuesta levantarse, ducharse, comer y ordenar el hogar. En esos casos, el cuidado del animal —dar de comer, pasear, llevar al veterinario— puede convertirse en un pequeño motor. “A veces me levanto solo porque sé que él tiene que salir”, reconoce Javier, 34 años, diagnosticado con depresión leve.
Además, los perros facilitan la conversación. En parques y calles es habitual que dos desconocidos se saluden o hablen a partir de una simple frase: “Qué lindo tu perro”. Para quienes se sienten aislados, ese primer contacto puede ser valioso.
No es una cura milagrosa
Los especialistas insisten en una idea: tener un perro puede ayudar, pero no reemplaza a un tratamiento psicológico o médico cuando este es necesario. “Si hay depresión, ansiedad intensa o ideas de hacerse daño, se debe acudir a profesionales. El perro acompaña, no cura por sí solo”, subrayan.

También recuerdan que una mascota implica gastos, tiempo y responsabilidad. Adoptar un animal solo “para sentirse mejor” puede ser un error si la persona no está en condiciones de cuidarlo. En esos casos, se recomiendan alternativas como el voluntariado en refugios o pasear perros de vecinos.
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Una ayuda sencilla, pero poderosa
En un mundo cada vez más conectado por pantallas, la presencia cálida y ruidosa de un perro —ladridos, patas sobre el suelo, un hocico insistente— puede ser un recordatorio de algo básico: la necesidad de vínculo.
No resuelve todos los problemas, pero para muchas personas la alegría de un perro funciona como una pequeña terapia diaria contra la soledad y la tristeza. Y, al menos por un rato, la casa deja de estar tan vacía.
